La civilización de los Tartessos

Fue una civilización que se desarrolló en el sur de la península Ibérica entre los siglos XII y V a.C. El contacto con fenicios y griegos introdujo tecnologías, productos y animales desconocidos y transformó el modo de vida de los pueblos en la península.

Es considerada la primera civilización de Occidente, desarrollada en el suroeste de la Península Ibérica, con su núcleo principal ubicado en las actuales provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, y cuya expansión llegó a las provincias de Málaga, Córdoba, Badajoz e incluso el Algarve portugués.

Los griegos la describieron como una tierra fabulosa gobernada por reyes como Argantonio. Su inmensa riqueza provenía del comercio de metales como el oro, la plata, el cobre y el estaño y su estratégica posición entre el Atlántico y el Mediterráneo. Floreció gracias a la interacción con comerciantes fenicios, quienes fundaron colonias como Gadir (Cádiz). Esta unión impulsó avances en la metalurgia y la alfarería

En el valle del Guadiana, en Extremadura, esta tierra árida y polvorienta hace 2500 años, cuando era un centro de comercio y culto de Tartessos, una misteriosa sociedad ibérica prosperó entre los siglos IX y V a.C., y luego desapareció abruptamente.

Una investigación en curso, que utiliza nuevas tecnologías, está revelando más sobre esta civilización perdida y el papel que desempeñó en la historia de Iberia.

Desde hace milenios existen referencias a Tartessos en textos griegos y romanos, pero debido a las descripciones contradictorias y debido a la falta de pruebas arqueológicas concluyentes, no ha sido fácil para los historiadores y arqueólogos modernos identificar qué era Tartessos.

El territorio que ocuparon era de tierras ricas, campiña, costa, dehesa y tierras altas que aún hoy son de una enorme riqueza agrícola y ganadera

Fue un pueblo íbero descendiente de los pueblos del periodo del Bronce, y que estableció la que se conoce como Primera Civilización de Occidente, y que vive aún a caballo entre la prehistoria y el mundo antiguo. Aunque desarrollaron sistemas de escritura, no se ha conseguido traducir aún, falta una nueva Piedra Rosetta que proporcione las claves, o una mente brillante que conjeture teorías y conduzca hacia realidades.

La producción agroalimentaria incluía innumerables variedades de productos y en abundancia, y consta que dispusieron de otro tipo de bienes para comerciar: los metales como oro, plata, estaño y bronce fueron los que enriquecieron a este pueblo y que se expandieron por todo el Mediterráneo a lo largo de la duración de esta civilización, entre los S.XIII al V a.C.

Con una geografía algo diferente de la actual, la desembocadura del Guadalquivir era una gran zona abierta y con mayor desarrollo de marisma, el Lacus Ligustinus, una ensenada que recogía las aguas del rio y que se fue colmatando con el paso del tiempo dando lugar a la zona actual, de marisma en ciertos lugares, pero con una costa bien perfilada.

A orillas del rio Tartessos utilizó este como vía de comunicación. Lugares como Asta Regia, El Carambolo, Cerro Salomón o Carmona son algunos de los más eminentes yacimientos arqueológicos que muestran su historia.

Recipiente cerámico. Carmona, s. VI a.C.

El único rey del que nos habla la historia, fue Argantonio, quizás más una estirpe que una sola persona, en cualquier caso, sí sabemos que reinó en el s. VI., y fomentó el comercio y la amistad con los griegos. Tras ese auge de relaciones internacionales, producción agroalimentaria y poder político, se acaban las noticias que tenemos de Tartessos, desapareciendo entre las brumas de la historia.

Se nutrió de cereales, panes y gachas, celebró banquetes con vino y cerveza y peregrinó a centros religiosos o santuarios como Cancho Roano. Lugar donde se han encontrado ánforas con cereales, trigo y cebada, y legumbres como habas, algunas de ellas repletas de frutos secos piñones y almendras, y vino, miel de jara, aceite y aceitunas.

Se han hallado asadores de hierro, para cocinar carne, molinos de mano para triturar cereal y auténticas despensas con innumerables ánforas repletas de comida.

Estos yacimientos estaban bien preparados para acoger a numerosos visitantes. Además de todo esto había cerámica para la celebración de los banquetes, algunas piezas de origen griego, y otras de fabricación local, así como vasos metálicos y cuchillos.

Como sociedad organizada, estructurada, compleja y próspera, probablemente habría panaderos, cocineros y sirvientes que se ocuparan de la organización y desarrollo de los banquetes, que disfrutó de los placeres de la mesa e incluso pudo ofrecer a sus dioses y a sus visitantes banquetes en los que gozar de los productos y platos creados por ellos.

 

La misteriosa civilización de Tartess

Entrado el siglo XX se descubrió un tesoro de la Edad del Hierro cerca de Sevilla, en el transcurso de unas obras. El hallazgo, bautizado como el tesoro de El Carambolo, fue la primera evidencia arqueológica de esta misteriosa civilización que tomó el nombre del río Guadalquivir, a cuyas orillas se desarrolló. Fue una de las más importantes culturas autóctonas de la península Ibérica y, a través de su comercio con fenicios y griegos, protagonizó un cambio radical en el modo de vida de los pueblos ibéricos.

El origen de Tartessos es confuso y sigue abierto el debate acerca de si debe considerarse una cultura plenamente autóctona o el resultado de una transformación de una cultura previa a partir de su contacto con otros pueblos. 

Existe una evolución clara en el modo de vida de los habitantes del curso bajo del Guadalquivir antes y después del siglo IX a.C., cuando empezaron a tener contacto con los fenicios y griegos que se establecieron en la costa sur de la península.

Con anterioridad a ese contacto, las comunidades se podían considerar pre urbanas, grupos reducidos, que vivían en poblados pequeños y de construcción sencilla. La economía era simple, agricultura, recolección, ganadería y pesca y no existía una gran especialización de las tareas ni una jerarquía social compleja. Pero las tierras en las que habitaban eran ricas en metales, incluyendo algunos que eran codiciados por los fenicios y griegos, como el oro y la plata.

La extracción y comercio de estos recursos supuso la transformación en una cultura urbana, de ahí que se planteen dudas sobre la originalidad de esta civilización y de si se habría desarrollado en ausencia de este incentivo.

Absorbieron muchos elementos culturales de los fenicios, sus primeros grandes socios comerciales, como el alfabeto, la religión y prácticas culturales como la cremación de los difuntos. También la sociedad se orientalizó siguiendo el modelo de las metrópolis fenicias del Próximo Oriente. Los poblados se transformaron en ciudades, las casas empezaron a construirse con habitaciones separadas destinadas a fines distintos, la población creció, las tareas se especializaron y la jerarquía se volvió más vertical con la aparición de una élite aristocrática.

 

Su economía experimentó una auténtica revolución gracias a su contacto con los pueblos del Mediterráneo oriental. Los fenicios trajeron nuevos cultivos como la vid y animales desconocidos como los burros y las gallinas, haciendo mucho más productiva la agricultura y la ganadería. La gran aportación de los griegos fue, en cambio, el torno de alfarería, puesto que la cerámica se producía a mano y este invento permitió crear nuevos tipos de recipientes en los que almacenar los excedentes para periodos de escasez o para el comercio, con otros pueblos ibéricos.

El comercio de minerales permitió a las élites enriquecerse y adoptar el concepto del lujo. A cambio de los metales preciosos podían obtener productos elaborados para el lucimiento personal, en vida y en la muerte, con la aparición de tumbas principescas. Los tartesios aprendieron la artesanía del metal para crear sus propios objetos de lujo, así como armas mejores fabricadas con hierro, una tecnología que desconocían.

Conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda, Cáceres.

Desaparecen de repente de la historia precisamente cuando parece estar en su momento de apogeo, a finales del siglo VI a.C. Esta época se corresponde con el reinado de Argantonio, el único de sus monarcas conocidos y con dos hechos históricos de gran relevancia en la historia del Mediterráneo antiguo: a principios del siglo VI a.C. los babilonios conquistan las ciudades fenicias y en el año 535 a.C. los griegos, aliados de los tartesios, son derrotados por una coalición de cartagineses y etruscos en las aguas que separan Córcega y Cerdeña. A causa de esos dos acontecimientos, las colonias griegas y fenicias en el oeste del Mediterráneo quedaron aisladas de sus metrópolis.

Esto por una parte interrumpía el comercio al que se dedicaban y la dejaba desprotegidas frente a la nueva potencia del mar, Cartago. Es posible que esta quisiera hacer pagar a los tartesios su alianza con los griegos o que simplemente desearan apoderarse de las fuentes de riqueza que estos poseían. No es descartable la teoría de un colapso económico, bien por la pérdida de sus socios comerciales, por el agotamiento de los recursos con los que comerciaban, o una combinación de ambos factores.

Alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los tartesios, lo cual implica o bien su colapso o su destrucción o absorción por parte de los cartagineses. A partir de entonces la historia se mezcla con la leyenda.
La capital de Tartessos aún no se ha encontrado, ya que la geografía de la zona ha cambiado mucho en estos 3000 años.

La desembocadura oriental es la única que hoy existe en la provincia de Cádiz pero era entonces más ancha que hoy. La desembocadura occidental no existe, pero se considera situada entre de la actual Matalascañas y Huelva, zona donde hoy sólo queda una cadena de lagunas como recuerdo. Entre estos dos brazos había una gran laguna y al menos una isla donde estaría situada la legendaria ciudad. Ni la laguna ni la isla existen, todo ello es un territorio de marismas en la actual Doñana o en algún lugar de la Costa de la Luz. Prospecciones en Doñana han detectado dos catástrofes naturales que provocaron el hundimiento de lo que pudieron ser islas o territorios secos, uno al rededor del 1500 a.C. y otro en el s. II d.C.

Tartessos era una sociedad muy urbana con numerosas ciudades a lo largo de la ribera del Guadalquivir. De las ciudades tartesas que hoy se conocen podemos citar algunas como Huelva y en su provincia Escacena del Campo donde se han encontrado los más importantes hallazgos sobre esta civilización, en las provincias de Cádiz, el Puerto de Santa María, de Sevilla, en Osuna y en Granada .

A partir de las excavaciones arqueológicas se ha dividido la cultura tartésica en dos periodos: Uno llamado geométrico, que coincide con el bronce final y abarca desde el 1200 al 750 a.C. y un segundo llamado orientalizante, que es cuando la cultura tartésica se empapa de elementos orientales provenientes principalmente de los contactos con fenicios y griegos y que coincide con la I Edad del Hierro y abarca desde el año 750-550 a.C.

El esplendor económico y cultural de esta civilización se debía a su gran riqueza en recursos naturales, agricultura, ganadería, pesca y minería, y a sus relaciones comerciales con los pueblos del Mediterráneo, en Europa y África.

Su riqueza por excelencia fueron los metales, especialmente el oro, la plata, el estaño y el bronce que ya extraían en el s. X a.C. De hecho, Tartessos se convirtió en el principal proveedor del Mediterráneo de bronce y plata.

Importantes socios comerciales fueron los fenicios que en el s. VIII a.C. establecieron factorías comerciales en las costas, dentro del territorio de Tartessos, como eran Cádiz, Almería y Granada). Este comercio era muy importante para ellos cuando las minas del Sinai de donde extraían estos metales cayeron en desuso. También los griegos mantuvieron relaciones comerciales con Tartessos.

Según Estrabón, los tartesos construyeron también obras de ingeniería para regular y aprovechar el caudal del río Guadalquivir y asegura que existían a orillas del río gran número de ciudades ricas y florecientes.

La forma de gobierno de Tartessos fue la monarquía con sede en una capital desde la que controlaba todo el territorio.

No se sabe cuándo apareció la lengua tartésica en la península ni cuándo se comenzó a usar la escritura. Como hallazgos de la misma tenemos una serie de estelas datadas entre los siglos VII al V a. C. y el más antiguo son grafitos en cerámica procedentes de yacimientos tartésicos como el Cabezo de San Pedro, en Huelva, datados entre el s. IX y el VIII a.C.

Heródoto escribe sobre el rey Argantonio, último rey de Tartessos que reinó entre los años 630-550 a.C., mencionando su incontable riqueza, sabiduría y generosidad y escribe sobre sus amigables relaciones con los griegos focenses.

Heródoto escribe sobre la amistad de Argantonio con los griegos focenses. Cuando la expansión del imperio persa amenazaba las ciudades jonias de la costa occidental del Asia Menor, Argantonio llega a proponerles (a mediados del siglo VI a.C.) que abandonen dicha costa y se establezcan dentro de su territorio. Los focenses no aceptaron el ofrecimiento, no obstante, si aceptaron 1500 kilos de plata que Argantonio les envió con objeto de reforzar las murallas de Focea, su capital en la actual Turquía. A pesar de todo, los griegos no pudieron frenar la expansión persa, y sus ciudades jonias fueron cayendo una a una bajo el dominio persa; Focea fue tomada y destruida sobre el año 540 a.C., diez años después de la muerte de Argantonio.

La política de amistad Argantonio con los griegos focenses debió ser muy molesta para los fenicios, que encontraban a los focenses competidores que hacían desaparecer su tradicional monopolio en el comercio con Tartessos. Estrabón hace referencia a este hecho al escribir que las mejores ciudades de este reino eran habitadas por los fenicios. Ahora Argantonio invitaba también a los griegos a hacer lo mismo.

Adicionalmente los fenicios ya habían sufrido la presión asiria sobre sus ciudades en oriente. La caída de su capital Tiro en el 580 a. C. en manos babilonias había marcado la independencia de la ciudad fenicia de Cartago que se convirtió en la capital del Estado púnico. Cortado el nexo con oriente, Cartago se concentró en el comercio con occidente. En posesión de una poderosa armada Cartago se convirtió en la primera potencia económica y militar en el Mediterráneo occidental.

Por ello, el comercio de Tartessos con los fenicios a partir del 580 a. C. (30 años antes de la muerte de Argantonio) no era ya con los fenicios de Tiro, como fue al principio cuando estos fundaron sus factorías en las costas del reino de Tartessos sino con los púnicos de Cartago, que dependían en gran medida de las riquezas minerales de estas tierras.

Probablemente la oportunidad para Cartago de adueñarse de estos recursos le llegó tras la batalla naval de Alalia en la que etruscos y cartagineses se aliaron contra los griegos venciéndoles. Esto ocurrió a los griegos en el año 535 a. C., cinco años tras la caída de su capital Focea a manos persas y quince años tras la muerte de Argantonio. Con ello queda cortada la ruta griega hacia Iberia y el comercio de los focenses con Tartessos.

Tras la muerte de Argantonio, (en el 550 a.C.) desaparecen todos los datos concretos sobre la monarquía de Tartessos de forma tan abrupta, que ello, junto con el hecho de que aún no se ha encontrado su capital, ha creado un gran misterio acerca de qué ocurrió, y si realmente sus ciudades fueron totalmente destruidas por los cartagineses.

La derrota griega, dejó a los tartesos sin sus aliados y expuestos al ataque púnico. En efecto, poco después, al rededor del 500 a.C., los tartesos habrían sufrido el ataque de los cartagineses. La capital fue sitiada, y, según una curiosa noticia, después de tomar la fortaleza que la defendía por la parte del mar, la muralla fue derribada por el procedimiento de lanzar contra ella una viga que se hacía balancear.

Todo el imperio de Tartessos debió hundirse tras la caída de su capital y la misma suerte le cupo a Mainake, Málaga, la ciudad griega fundada bajo la protección de Tartessos. Así Cartago se adueña del Mediterráneo Occidental y la mayor parte de la costa mediterránea española queda bajo su influencia.

Este dominio se mantendría en estas tierras hasta que Cartago se enfrentó a la Roma por la hegemonía en el Mediterráneo occidental, en las Guerras Púnicas, siendo derrotada totalmente en el 146 a. C. Esto marcaría la llegada de los romanos a la Península Ibérica, donde encuentran una región llamada «Turdetania» en la que vivían los descendientes de los tartesos. A esta región la llamarían la «Betica» y al río «Tartessos» que la cruzaba lo llamarían río «Betis«.

A parte de tesoros  y piezas de arte hallados en diversos puntos del territorio mencionado, en los que se detecta un activo comercio o intercambio con otros pueblos del Mediterráneo, los yacimientos tartésicos más importantes que se han encontrado son:

El Cabezo de San Pedro en un cerro situado en pleno centro Huelva, donde se han hallado un muro del siglo IX a.C. y cerámicas tartésicas, s. IX – VIII a.C., con grafitos que muestran la escritura tartésica. Con esta escritura se han encontrado diversas estelas en AndalucíaExtremadura y en el Algarve al sur de Portugal.

El yacimiento de «Tejada La Vieja»  situado en Escacena del Campo, Huelva, ciudad habitada entre los siglos VIII y IV a. C. en la ruta que llevaría los minerales obtenidos en las próximas minas de Río Tinto a los puertos en la desembocadura del Guadalquivir, en el lago conocido por los romanos como Ligustino que ahora ocupan las marismas de Doñana. El perímetro amurallado y las estructuras de las viviendas se conservan sorprendentemente bien.

La «Necrópolis de la Joya», en Huelva capital, datada entre finales del siglo VIII y la segunda mitad del siglo VI a.C. En ella se ha encontrado un conjunto de tumbas con numerosas piezas de ajuar, en su mayoría de bronce. Entre ellas destacan por su fino trabajo, restos de carros de caballos, un brasero, un anillo, jarras, urnas, vasos y quemaperfumes

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