
En la Cordillera Cantábrica existieron importantes glaciares durante la época del Cuaternario, el Pleistoceno. En la actualidad, el hielo ha desaparecido por completo, dejando espectaculares huellas geológicas, valles en forma de U y depósitos morrénicos en las cotas más alta.
Durante los periodos más fríos del Cuaternario, albergó extensos glaciares de circo y de valle. Las zonas con mayor acumulación de hielo se concentraban en los macizos más altos y orientales, destacando los Picos de Europa, con lenguas glaciares que descendían de cumbres de 2648 m, la Sierra del Cordel, la Sierra de Híjar (Peña Labra) y el macizo del Castro Valnera en las montañas pasiegas. Las lenguas de hielo llegaron a bajar hasta cotas relativamente bajas, situándose entre los 800 y los 1200 metros sobre el nivel del mar. En zonas leonesas como Somiedo, las lenguas llegaron a descender hasta los 980 metros, y hasta los 890 metros en el valle del Sil.
Investigaciones geológicas, como las realizadas por la Universidad de Valladolid, han demostrado que la cronología de las glaciaciones cantábricas tiene particularidades propias y difiere de la de otros glaciares europeos alpinos:
- El momento de máxima extensión del hielo en el Cantábrico no coincidió con el último máximo glacial europeo. Las fases de mayor expansión de los hielos cantábricos fueron más tempranas, alcanzando su mayor volumen mucho antes de unos 29.000 años.
- En las etapas de frío extremo, estos glaciares eran más cortos en longitud, y presentaban un grosor mayor que el de otras cordilleras, condicionados por la humedad del clima atlántico.
Tras su retroceso al finalizar el Pleistoceno, se vivieron episodios posteriores de menor escala. Durante la conocida como Pequeña Edad de Hielo, entre los siglos XIV y XIX, llegaron a formarse pequeños glaciares de circo y neveros perpetuos en las zonas de mayor altitud. También abundaban los glaciares rocosos o formaciones de hielo mezclado con escombros, que hoy en día permanecen como reliquias fósiles o geoindicadores de antiguos suelos helados.
Está zona de mayor influencia oceánica tuvo multitud de sistemas glaciares que hoy han dejado su testigo en lagos y morrenas glaciares. Algunos de los macizos que acogieron glaciares son Peña Labra (2029 m) o los Valles Pasiegos en Cantabria. También, la zona más alta de la Cordillera, los Picos de Europa (2648 m).
Actualmente, los ecosistemas glaciares han desaparecido, pero el relieve cantábrico mantiene imborrables testimonios de su pasado. Se pueden observar fácilmente:
- Circos glaciares, profundas cuencas excavadas en la roca en cumbres como Peña Labra o la Sierra de Híjar.
- Cubetas y lagunas, o depresiones de sobreexcavación glaciar que hoy en día albergan turberas y pequeños lagos.
- Morrenas o acumulaciones de sedimentos y cantos arrastrados y depositados por el hielo en su avance
En el Cuaternario se observó como los glaciares bajaron hasta los 980 m en el valle de Somiedo y 890 m en el Sil, en León. A estas altitudes es donde se encuentran los depósitos de Till.
También se muestra una diferencia de altitudes según la vertiente. Mientras en la zona norte se alcanzaron los 800-1200 m; en la sur las lenguas llegaron a 1100-1250 m-
Después, se formaron 6 glaciares en el Macizo Central y Occidental de Picos de Europa. Ocuparon alrededor de 25 ha y sus morrenas estaban a 2200 m.
En la actualidad, permanecen 4 heleros dentro de esta zona, en pleno Parque Nacional de Picos de Europa. Estos se encuentran situados en Jous, depresiones kársticas formadas a partir de la disolución de la roca caliza y que no permiten la acumulación de agua. A diferencia de los glaciares, los heleros no tienen movimiento
Estas dolinas o poljes se caracterizan por una insolación muy baja, acompañada de unas temperaturas mínimas extremas debido al fenómeno de piscina de aire frío (CAP).
Las CAP’s se caracterizan por una inversión térmica muy intensa, se trata de hoyos que a menudo se encuentran nevados, lo que permite que el aire cálido se desaloje muy rápido y el aire se enfríe muy extrema.
En la Vega de Liordes (1800 m) hay una estación meteorológica donde el Proyecto Jous Picos de Europa registró el récord de mínima absoluta en nuestro país, con -32,7°C.
Vega de Liordes.
Debido a una combinación de temperaturas bajas, incluso en verano, y el aporte de nieve de las borrascas Atlánticas, se ha observado que la pérdida de hielo en los heleros es mínima.
Investigaciones en la cueva La Rexidora, en Cuerres, muestran el paisaje y la fauna de la región de hace 40.000 años. La Asturias de la Edad del Hielo era como el norte de Laponia
Cuesta imaginar hoy una Ribadesella inmersa en un paisaje estepario, rodeada de hielo y frecuentada por una fauna de grandes mamíferos, entre los que no faltaban rinocerontes lanudos, bisontes, hienas, renos y ciervos. Pero ese paisaje, que ahora se hace difícil concebir, era el dominante en la cornisa cantábrica hace unos 40.000 años. La Asturias de la Edad del Hielo era como el norte de Laponia
La cuenca del Sella y sus alrededores formaban parte de una superficie de vegetación herbácea en la que escaseaban los árboles. La vida se desarrollaba en un ambiente árido y frío con temperaturas comparables a las que se pueden encontrar en el norte de Laponia. Ése era el panorama que se encontraron los Homo sapiens cuando comenzaron a asentarse en la zona, el mismo que contribuyó a la extinción de los neandertales que, hasta poco antes, cazaban en los bosques cercanos y dejaron sus restos en cuevas como la de El Sidrón, en Piloña.
A conocer cómo era aquel paisaje, inmerso en la Edad del Hielo, que proporcionaba el alimento ideal para lo que se conoce como la fauna del mamut, contribuyen en gran medida los análisis de polen realizados por un equipo de investigadores de las universidades de Oviedo y Alcalá de Henares
El estudio, publicado recientemente en la revista científica parte de los hallazgos localizados en los últimos 3 años en la cueva de La Rexidora (Cuerres, Ribadesella), donde se han localizado más de 500 fósiles de grandes mamíferos, la mayoría en excelente estado de conservación. Los restos óseos, que pertenecen a dos rinocerontes lanudos, cinco bisontes, dos renos, cuatro ciervos y una hiena, son una prueba indiscutible del tipo de fauna que convivió con los últimos neandertales y los primeros hombres modernos.
Las recientes dataciones de carbono 14 realizadas a los restos ofrecen una horquilla cronológica que sitúa su presencia en la zona entre hace 44.500 y 37.600 años, cuando acontecieron episodios de frío intenso, como muestran las grandes capas de lana que protegían los cuerpos de los animales. Es el caso de los rinocerontes lanudos de Cuerres, que se diferencian del rinoceronte blanco africano por tener el cuerpo cubierto por un espeso pelaje, además de presentar una joroba mucho más grande y un cuerno nasal mucho más largo y aplanado.
Otro ejemplar frecuente y abundante era el bisonte de estepa. De ellos se han recuperado cantidad de restos, incluyendo dos cráneos, uno muy bien conservado. Del rinoceronte lanudo también se rescató un cráneo parcial. La hiena es el único carnívoro presente en el yacimiento del que se ha podido encontrar un esqueleto parcialmente conservado, incluyendo el cráneo.
Los restos óseos que permiten conocer la fauna y el clima de la zona hace 40.000 años fueron localizados en el interior de una sima que actuó como trampa natural, es decir, los animales se precipitaron accidentalmente en aquella especie de pozo del que ya no podrían salir. Esta circunstancia iba a ser crucial para que los esqueletos se conservaran perfectamente a lo largo de milenios debido a que nunca estuvieron al alcance del hombre prehistórico ni de otros depredadores.
La Rexidora es uno de los pocos yacimientos asturianos con fauna propia de aquel momento glacial que conservó los esqueletos de los bisontes que pintaban los artistas prehistóricos
La cronología de los glaciares de la Cordillera Cantábrica es diferente a la de los europeos. La máxima extensión de los glaciares de la Cordillera Cantábrica durante la última glaciación del planeta no coincide con la de otras masas de hielo de Europa, según los datos publicados en un monográfico de The Geological Society. Investigadores de la Universidad de Valladolid han analizado los estudios que existen al respecto y los han plasmado en esta síntesis, junto a dataciones realizadas por ellos mismos en los Picos de Europa y en la Montaña Palentina. Los resultados están más próximos a los registrados en los Pirineos y confirman que la glaciación en la península ibérica tuvo rasgos diferenciales.
En el momento en el que se registra más frío, los glaciares cantábricos son más cortos, pero de un mayor grosor, comentan los investigadores. Su hipótesis es que, en una primera etapa todavía relativamente cálida, la cercanía con el océano habría provocado altos niveles de humedad y precipitaciones en forma de nieve, lo cual habría hecho que los glaciares ocupasen una gran extensión, aunque fuesen poco consistentes. Sin embargo, posteriormente aumenta el frío y se reducen las precipitaciones, momento en el que se registra el último máximo glaciar en Europa y la nieve se transforma en hielo formando una capa más sólida, pero de menor extensión.

El último periodo glacial se registró hace 20.000 años, pero este trabajo, sugiere que en la Cordillera Cantábrica la máxima extensión de los glaciares se habría producido antes de 40.000 años.
Los expertos que estudian estos fenómenos utilizan diversas técnicas como la del carbono 14, se utiliza este isótopo para determinar la edad de los materiales. La materia orgánica que los investigadores encuentran en antiguos lagos, paleolagos, también permite establecer correlaciones temporales, ya que determinadas formas de vida necesitan condiciones climáticas muy determinadas para desarrollarse.
Por otra parte, el trabajo de campo es esencial. Los sistemas de información geográfica y la fotointerpretación ayudan a entender lo que no se aprecia a simple vista. Podemos calcular la línea de equilibrio del glaciar, es decir, el momento en el que dejaba de acumular hielo y empezaba a fundirse”, teniendo en cuenta la topografía y utilizando modelos digitales del terreno.

El Jou Negro, helero de los Picos de Europa
