LA HISTORIA DE LIBERTALIA – Enclaves piratas de Madagascar

 Supuesta ubicación de Libertalia. Bahía de Antsiranana o Diego Suarez

En el siglo XVII las costas de la isla de Madagascar se habían convertido en un refugio para piratas, pero fue el escritor británico Daniel Defoe, autor de la novela Robinson Crusoe, quien escribió por primera vez en 1726, sobre los piratas de Libertalia.

Nueva Tribuna

Ángel Villazón

27 de marzo de 2026, 3:19

El nombre de Madageiscar fue dado por primera vez en las memorias de Marco Polo en el siglo XIII, al puerto somalí con el que el explorador veneciano confundió la isla. 

Su bahía es un gran puerto natural, con un mar apacible y playas con palmeras, y un territorio de 156 kilómetros de largo. El calor es agobiante y el viento varatraza, muy molesto. La atmósfera se convierte en terreno de historias de aventuras, como la de los piratas de la República de Libertalia. 

En el restaurante Libertalia, hay decorado con pinturas de cofres del tesoro, marineros de parche en el ojo, aro en la oreja y puñal entre los dientes

Cuando los primeros hombres blancos llegaron a Madagascar, los malgaches gritaron “vazaha”, que significa extranjeros. 

Enclaves piratas de Madagascar

Los orígenes de la población, se remontan a una época anterior a la llegada del hombre blanco a la isla roja, aunque siempre se han referido a aquellos que llegaban desde el otro lado del mar, ya fueran colonizadores, comerciantes, o piratas. 

No hay asentamientos humanos antes el siglo IV y los primeros pobladores llegaron de Indonesia. Más tarde llegaron los bantúes, a través del canal de Mozambique. A partir de entonces, a comienzos de la Edad Media, fueron los comerciantes persas los que llegaron a Madagascar y les siguieron los árabes, allá por el año 1.000. 

En lo que se refiere a la colonización europea, Portugal, España, Gran Bretaña y Francia intentaron instalarse en la costa, siendo expulsados por la resistencia nativa, que a finales del siglo XVII se había unido bajo el Reino de Merina, que tomó su nombre de la meseta central de la isla y que consistió en un estado pre-colonial gobernado por los descendientes de una larga dinastía real.

En el siglo XVII las costas de la isla de Madagascar se habían convertido en un refugio para piratas, pero fue el escritor británico Daniel Defoe, autor de la novela Robinson Crusoe, quien escribió por primera vez en 1726, sobre los piratas de Libertalia. Según Defoe, fue un pirata francés llamado Misson, dado a repartir el botín entre los pobres, quien a finales del siglo XVII fundó en la bahía de Diego Suárez una república formada por piratas de distintas procedencias. Contó para ello con la ayuda de un padre dominico llamado Caraccioli y con un Parlamento en el que no se discriminaba a nadie por cuestiones de raza, lengua o nacionalidad. 

Los piratas del Libertalia abolieron la esclavitud mucho antes que los gobiernos legalmente constituidos, anularan la propiedad privada, y fieles a su credo cosmopolita, intentaron crear un lenguaje universal que facilitara la comunicación. Con la ayuda de 300 nativos de las vecinas islas Comores, los piratas construyeron casas y cultivaron la tierra para levantar una república que duró sólo unos 30 años.

Las historias de piratas, la ciudad de Antsiranana y su bahía, conocida como Diego Suarez son fundamentales para ellos. Tras nombrar capitán a Misson, e influido por la lectura de la Utopía de Thomas More, el monje animó a la tripulación a centrar su actividad en la captura de barcos negreros para liberar a los esclavos que transportaban.

Embarcación en la bahía de Antsiranana

Sus habitantes se autodenominaron liberi, renunciaron a su nacionalidad y se unieron sin diferencias de raza. Establecieron una lengua común, mezcla de francés, inglés, holandés, portugués y malgache y pusieron todos sus botines en un fondo común, aboliendo el dinero dentro de un sistema comunitario organizado.

Pero un grupo de malgaches bajó de las montañas y mató a casi todos los piratas, destruyó la república y terminó con la utopía de Libertalia. La leyenda sin embargo se ha mantenido a lo largo de los siglos, aunque hay quien sostiene que fue fruto de la imaginación de Defoe.

En Diego Suárez, hoy Antsiranana, queda el recuerdo de aquella república pirata. Más duradero, sin embargo, fue el rastro dejado por el mariscal francés Jofre, cuya estatua levantada en el puerto, contempla desde hace años la amplia bahía. 

Jofre creó en Diego Suárez una plaza fuerte a finales del XIX, con una numerosa guarnición, y se encargó de diseñar sus calles como si fueran un campamento militar. Sus ansias coloniales, fueron muy grandes y en la idílica Montaña de Ámbar, fundó una población de recreo para sus oficiales que aún sobrevive bajo el nombre de Jofreville. 

La montaña cuenta con un bosque y unas cascadas considerados tabú por los malgaches, pero Jofre, nacido en Rivesaltes, no pareció tenerlo en cuenta. Unos kilómetros más al sur, por cierto, en la paradisiaca isla de Nosy Be, el colonialismo ha dejado otra curiosa herencia, ya que la capital fue bautizada con el nombre de un almirante llamado Hell, lo que dio como resultado el nombre de Hellville, que podría traducirse como Ciudad del Infierno, apropiado para una historia de piratas como la del Libertalia.

Los primeros europeos llegaron a Madagascar en el año 1500, de la mano del explorador portugués Diogo Dias. Tras recalar en la isla, la expedición puso rumbo de vuelta a Portugal bordeando Mozambique y siguiendo la costa oriental del continente africano. Tras las vicisitudes del viaje, solo siete hombres arribaron a buen puerto.

La existencia de la República de Libertalia, se ubicaba al Norte de la isla, en la bahía conocida como Antsiranana. Hay constancia de otras colonias piratas con ideas colectivistas similares, algunas de ellas ubicadas en Madagascar, una isla que no había sido reclamada aún por ninguna potencia.

De Antsiranana, que en idioma malgache quiere decir «el lugar junto al mar», apenas queda algún vestigio de su probable pasado pirata. En las inmediaciones de la bahía existen fortalezas y cañones de otras guerras y ocupaciones, pero nada que confirme la existencia de esa república pirata que Dafoe bautizó con el romántico y ya mítico nombre de Libertalia.

Mientras las grandes potencias europeas se afanaban en colonizar la isla sin éxito, se instalaron en Madagascar y encontraron refugio en las bahías de esta isla, fueron los piratas, de forma estable, que permite la vida en la clandestinidad. La primera oleada de piratas europeos llegó a la isla roja en la década de 1690, convirtiendo Madagascar en el último refugio pirata tras el declive de la piratería en el Mar Caribe.

El enclave jamaicano de Port Royal quedó destruido y cayó en la decadencia tras el fuerte terremoto ocurrido en 1692. La comunidad pirata quedó muy diezmada y jamás se recuperó de la catástrofe. A su vez, los franceses afianzaban su poder en Isla Tortuga e impusieron sus leyes, por lo que la zona cada vez era menos «amistosa» para los piratas.

Para entonces, las antaño ricas flotas del tesoro español eran menos frecuentes y los riesgos mayores, pues las patrullas navales estaban cada vez mejor preparadas para hacerles frente. Al otro lado del Atlántico, la paz reinaba en Europa y por lo tanto los corsarios dejaron de ser necesarios. Los rumores e historias sobre las embarcaciones moriscas y sus valiosos botines corrieron como la pólvora de sus trabucos entre los piratas de América y las colonias del Oeste, una empresa solo al alcance de aquellos intrépidos capaces de realizar el largo periplo a través de los océanos Atlántico e Índico.

No pasó mucho tiempo hasta que los primeros piratas se aventuraron a realizar semejante viaje, atravesando el Cabo de Buena Esperanza e iniciando lo que llegó a llamarse la Vuelta Pirata. Su principal objetivo eran los barcos moriscos que viajaban entre Mocha e India, los acechaban desde la isla de Perim, en la boca del Mar Rojo. El único problema de esta isla era la escasez de agua potable.

Cuando los piratas descubrieron que en Madagascar el agua y otros recursos abundaban, el lugar se convirtió en el emplazamiento ideal para recalar y abastecerse. No faltaban los buenos fondeaderos, y las tribus locales estaban ocupadas en combatir entre ellas, sin una autoridad central nativa.

Algunos de los primeros piratas que llegaron a Madagascar fueron Thomas Tew, Herny Avery, Thomas Collins o los hermanos holandeses Van Tuyle. Alrededor del año 1700 había cerca de 1.500 piratas viviendo permanentemente en la isla, habiéndose convertido en una fuerza a tener en cuenta en la zona. 

El Reino Unido, a través del gobernador Woodes Rogers, trataba de poner fin a la piratería en el Caribe con el llamado Indulto del Rey. Muchos se acogieron al indulto, pero hubo algunos piratas que se negaron a renunciar a la arriesgada vida en la que se habían aventurado y pusieron rumbo Madagascar, dando comienzo la segunda oleada Pirata.

El capitán Charles Vane y su contramaestre, Christopher fueron algunos de los que optaron por perpetuar su vida en la clandestinidad. En esta época se produjo la captura de uno de los mayores y más famosos botines de la historia del Índico por parte de Taylor y el pirata francés Olivier Levasseur La Buse en Isla Bourbon.

Tras la segunda oleada, Madagascar dejó de ser un lugar popular para los piratas europeos, y los que ya estaban instalados no durarían mucho tiempo vivos y la edad de oro de la piratería tocó a su fin. 

Naufragios en Fort Dauphin

La piratería dejó de ser necesaria durante el siglo XVIII para las potencias europeas y sus colonias de ultramar, aunque continuaron siendo un ejército corsario fácilmente movilizable y una herramienta esencial del poder marítimo en los años posteriores. 

En Antananarivo existe un pequeño museo dedicado a la piratería. Se encuentra en el distrito de Tsaralalàna, donde después de atravesar varias galerías y subir algunas escaleras, se llega a unas oficinas en las que se encuentra la exposición. Museísticamente es muy pobre, que se salva únicamente por cierta información interesante que contienen los paneles explicativos y por la posible gracia que se le puede otorgar a lo decadente. Fue inaugurado en 2008 de la mano del embajador suizo en Madagascar, pues su principal impulsor fue Franz Stadelmann, un antropólogo suizo afincado en la isla desde 1988. En él, las baratijas, el atrezzo de juguete y unas pocas reproducciones se mezclan con historias reales de piratas que bien merecerían una muestra más seria, con objetos originales y una mejor organización. 

En el restaurante Libertalia, hay decorado con pinturas de cofres del tesoro, llenos de piezas, bergantines que enarbolan la bandera negra y marineros de parche en el ojo, aro en la oreja y puñal entre los dientes.

 

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