
Nueva Tribuna
28 de mayo de 2026, 13:27
La pobreza en España se ha disparado a causa de la codicia de los ricos y de la barbaridad de inversión en gastos militares de nuestro gobierno. Esto provoca un gran malestar entre los españoles, y una doble respuesta: la de los que protestan por ver amenazada sus condiciones de vida y su futuro, y la de los oportunistas del facherío que se frotan las manos esperando que caiga este gobierno y ocupen sus sillones los fantasmas de su Cid, sus católicas majestades y su amado Torquemada reencarnados todos ellos en unos cuantos sujetos tan impresentables como aquellos.
La degeneración de nuestro mundo tiene un viejo nombre, recurrente cada vez que se agotan sus defensas: se llama fascismo, y es el hijo más degenerado de todos los del capitalismo
La falta de recursos para los de ‘abajo’, en la España de hoy contrasta con la abundancia espectacular de beneficios de los de ’arriba’, como los bancos, los fondos buitre y el Ibex, a los que no les importa en absoluto que su avaricia usurera o su codicia empresarial eleven los niveles de pobreza social. ¿Que los jóvenes no tengan donde vivir? … ¿Y a los especuladores «buitreros» y banqueros, qué? … ¿Y qué si las residencias de ancianos, colegios, hospitales y servicios sanitarios son escasos de personal, mal financiados y escasos de recursos y fuera del alcance de la gente corriente si se acude a lo privado? Pues a fastidiarse, dice el Gobierno, porque tener tanques y aviones y subvencionar las guerras de otros –nos ordenan los EEUU– es más importante que dedicar recursos a menudencias como estas.
El malestar social y el rechazo que estas injusticias y despropósitos producen finalmente en jóvenes, trabajadoras y trabajadores, desempleados-as enfermos-as, ancianos-as, dependientes y población inmigrante son de tal calibre que no hay gobierno que resista mucho tiempo la presión social y el rechazo popular, el de la gente con un poco de criterio personal y necesidades urgentes de supervivencia digna. Y este malestar en España es endémico hace mucho tiempo. Lo provoca el gobierno actual como lo hizo el anterior y lo hará el que le suceda mientras no cambien algunas cosas tan básicas. Apunto solo dos, porque esto es un artículo y no un programa político.
Se nos dirá que es el capitalismo, que esta democracia (católica) es lo mejor a lo que podemos aspirar y que las leyes del capitalismo están por encima de las leyes éticas
Primera: todo gobernante se debe al pueblo que lo ha elegido y los recursos de la nación deben atender a sus necesidades en primer lugar. Eso no pasa, claro está, pero no se trata de “españoles, primero”, cuidado con eso: o todos o ninguno. Y en cada caso, sus consecuencias.
Segunda: Los derechos de propiedad, los ingresos y fortunas deberían ser controladas y limitadas sus posesiones por los Gobiernos para evitar los males sociales y personales que producen actualmente (y aquí sería muy interesante replantearse el tema de los derechos de herencia de los hijos de ricos en especial). Ningún rico debe disponer más de lo que precise para vivir con holgura, y ningún ciudadano tampoco, sea cual sea su estado, edad, y condición social y laboral (cuantos menos ricos, más pastel social a repartir entre los demás, eso es evidente).
Naturalmente, se dirá que todo esto es difícil o utópico, que política y corrupción se dan la mano, o que las leyes del mercado son las que son, la propiedad privada es sagrada para todos menos para los ricos que se las quitan los unos a los otros. Se nos dirá que hay poderes invisibles por encima de los gobiernos, y que esto es el capitalismo, a fin de cuentas, estúpido. Todo eso es verdad menos una cosa: que estúpidos no somos, y eso nos autoriza a hacernos preguntas:
¿Por qué hemos de soportar esto?
¿Por qué no existe un control popular real y efectivo sobre los políticos en activo y sus actividades privadas y sobre las decisiones de los gobiernos, y que en nombre de los intereses de la mayoría impida que estos tomen medidas que perjudiquen al pueblo? ¿Por qué no se ponen límites a la ambición y avaricia de unos y otros y a su impunidad?… Para empezar, ¿por qué no se elige a los jueces por los ciudadanos, por ejemplo? ¿Por qué tenemos que mantener al clero y subvencionar los niveles de vida principescos de sus jerarquías? ¿Por qué se sigue enseñando catecismo católico en las instituciones públicas como escuelas, cuarteles y hospitales? Cosas sencillas, posibles, nada utópicas todas ellas. Como utópico no es, por ejemplo, salir de la OTAN y reducir al mínimo el gasto militar ‘casero’, o ser más escrupulosos con la selección de los jueces, los agentes de policía y los de la Guardia civil para hacerles sentir que están ahí para servirnos y no para otra cosa como suele ocurrir a menudo. Todo eso es realizable por un gobierno si está por servir bien a la nación en lugar de servirse de ella.
Se nos dirá que es el capitalismo, que esta democracia (católica) es lo mejor a lo que podemos aspirar para entendernos y que las leyes del capitalismo y el libre mercado están por encima de las leyes éticas, de la razón, de las necesidades de la vida de la gente y que este mundo es el mundo al que podemos aspirar.
¿Sí? ¿Eso era todo? ¿Este, el final de todos los credos, los religiosos, y los políticos y los grandes ideales revolucionarios en todos los campos? ¿Era este el final del viaje de la civilización? ¿La guerra, la pobreza, el desamparo, la vulneración salvaje de la madre Naturaleza y de los derechos de sus criaturas era el final del juego de la Humanidad?
¿Se nos quiere decir que tuvieron un sueño inútil y absurdo los cientos y cientos de millones de nuestros semejantes que quisieron un mundo justo, solidario, fraternal y libre y en su defensa sufrieron toda clase de calamidades, fueron encarcelados, asesinados y despreciados y hay que pasar página de eso? Si eso es todo lo que tiene que pasar, y se acepta con resignación es que vivimos en un mundo enfermo hasta el tuétano, y como ocurre con cualquier ser humano cuando no se corrige la enfermedad, termina por degenerar. Y la degeneración de nuestro mundo tiene un viejo nombre, recurrente cada vez que se agotan sus defensas: se llama Fascismo, y es el hijo más degenerado de todos los del capitalismo.
Tenemos el remedio para esta enfermedad social: se llama altruismo, amor al prójimo como un igual y sentido de la justicia, pero si no somos capaces de aplicarlo cada uno en su propia vida, nunca saldremos de esta enfermedad mundial por más ideas bonitas que nos cuenten y más distracciones que nos procuren los que siempre viven a costa nuestra.


