Iglesias del anticristo y patrias de pacotilla

 Imagen de archivo.

Nueva Tribuna

Cuando se trata de defender la amada patria, las iglesias “cristianas” colaboran encantadas.

Patrocinio Navarro Valero

2 de enero de 2026, 6:31

Comenzaremos por la Iglesia. La Iglesia procura siempre no estar en la primera plana de las noticias, a no ser que “toque” fiesta, ceremonia o exhibición teatral al más alto nivel. Sin embargo, a veces aparece por sorpresa cuando vemos manifestaciones callejeras de obispos contra un gobierno de izquierdas, aunque sea tibio, o se escuchan en los púlpitos bramidos reaccionarios relacionados con cuestionar al gobierno, el tipo de sexo y la libertad sexual.

Pero, a su pesar, no terminan ahí nuestras sorpresas, si acaso fuéramos católicos —que no es mi caso—, cuando nos enteramos de cuántos sacerdotes y hasta jerarcas de la Iglesia en todo el mundo —el último, el obispo de Cádiz— son denunciados por abusar sexualmente de niños y jóvenes.

Con todas esas noticias, cualquier persona de intelecto sano percibe que nos hallamos ante imposturas sociales o ante crímenes morales, y eso tiene tan poco de cristiano como que los propios cristianos toleren eso como el sucio comportamiento histórico de la institución católica en aberraciones doctrinales, crímenes sexuales y luchas por el poder interno, participe en cruzadas medievales o en cruzadas fascistas en guerras civiles como en España. Crueles inquisidores, “papas” guerreros, esclavismo, prostíbulos (la Iglesia romana, en la Edad Media y después, administraba la mayor parte de los prostíbulos de la ciudad “santa” y practicaba otras cosas tan abominables como las que describe con todo lujo documental y detalle el historiador alemán Karl Heinz Deschner en su obra en diez tomos Historia criminal del cristianismo (*).

Un matrimonio nada místico

En infinidad de casos de negocios sucios y criminales, la Iglesia católica, y posteriormente sus imitadoras versión beta, siempre han estado profundamente vinculadas a los gobiernos y protegidas por ellos. Y, aunque haya habido encontronazos, ha sido por cuestiones de poder, posesiones y privilegios, todo eso que tanto gusta a ambos, porque, al fin y al cabo, juegan en el mismo campo con los mismos fines, pero no compiten para quedarse con todo lo del otro, porque eso no les interesa a ninguno de los dos.

Se puede decir que son como el PP y Vox: rivales, porque buscan lo mismo, pero se necesitan y no se entiende el uno sin el otro. Naturalmente, ambos se declaran cristianos católicos, apoyan y hasta pueden promocionar las manifestaciones de obispos, aman el poder por igual y no les detiene crear violencia callejera, denunciar sin pruebas a personas o partidos o sembrar bulos por doquier si eso les da votos. Y ambos mienten también como bellacos cuando se trata de conseguir su amado poder.

Y ambos guardan silencio cuando aparecen obispos encubridores de pederastas o cuando lo son ellos mismos, sabiendo que sus actos son crímenes morales. Naturalmente, todos ellos aman la justicia: la divina y la de las togas amigas. Y no son casos aislados en el mundo, que el mundo encoge tanto día a día que se va convirtiendo en la peor versión de la mismidad.

Morir por dios y por la patria

No son casualidades que antes Biden y hoy Trump o Putin se declaren “cristianos” —católicos, evangélicos u ortodoxos—, igual que se declara judío bíblico, en cruzada por la “Tierra Prometida”, el genocida Netanyahu, porque en algo trascendental tienen que justificar sus crímenes.

Y quien aún es dueño de su juicio conoce de sobra esta verdad: nunca se muere por dios y por la patria, ni por ninguna tierra prometida. Y cuando un soldado participa en eso, o lo hace por miedo u obligado, es un voluntario fanático con vocación criminal, una víctima de la propaganda o un sordociego. A otro ratón con ese queso de la defensa de la patria o de dios.

Los que organizan la guerra son la famosa patria que defender, y Dios —el de verdad, no su dios— no necesita defensa alguna.

Cómplices necesarios

Cuando se trata de defender la amada patria, las iglesias “cristianas” colaboran encantadas. El Papa, el Patriarca ortodoxo y hasta Su Majestad británica, como cabeza de la Iglesia anglicana, pueden entonces bendecir un cañón o un barco de guerra sin que les tiemble su cristiano pulso, y tener en los frentes a sus prelados con rango militar y a sus chicos con alzacuellos para perdonar los crímenes de los propios soldados, sus robos, sus violaciones y toda fechoría guerrera, y dar la extremaunción para que se vayan tranquilos al “cielo de los cristianos justos”.

Mientras, los obispos castrenses y sus ejércitos de curas y predicadores del bando contrario hacen lo propio, y sus soldados reciben los mismos beneficios celestiales, siempre que mueran por su dios y por su patria, no por una gripe en una trinchera húmeda y fría.

Naturalmente, todos los mandamases saben de sobra que el Maestro de Nazaret era pacifista y defendía la igualdad sin jerarquías, nunca creó una Iglesia jerarquizada y menos aún amiga de los poderosos. Pero el cuento les salió tan bien contado a estos cuentistas que ahí siguen, erre que erre, con su matraca, sin cambiar una coma después de dos mil años.

Se puede decir que jamás se ha escrito el mejor guion para una fábula en toda la historia de la humanidad. Lástima que sea este el mejor cuento jamás contado a generaciones de ingenuos, supersticiosos, incultos, miedosos y proclives a la obediencia ciega, hasta el punto de llevar a muchos a la muerte por defender ese cuento.

De sobra saben los altos ensotanados jerarquizados que se autotitulan cristianos que su cuento milenario es una falsificación del cristianismo original, pero es su mayor fuente de poder, de negocios y de prestigio personal y público, y que sus servicios al Estado de cuentacuentos a los ciudadanos son premiados con abundante metálico, suntuosos palacios y miles de privilegios a los que ningún ciudadano puede ni soñar, aunque sea de misa diaria o se disponga a morir en una guerra por su dios.

Eso obliga a hablar con la boca pequeña y, mayormente, a callar —servicio por servicio— a las iglesias “cristianas” de ambos hemisferios ante el neofascismo creciente, las atrocidades del exterminio palestino, las persecuciones y expulsiones de inmigrantes, las razones políticas y económicas del cambio climático, el imperialismo criminal en África, practicar la política del avestruz ante la DANA de Valencia, la existencia de los CIE, o la miseria creciente de los trabajadores.

En boca cerrada no entran moscas. Lástima que no se abran para que salgan verdades de unos y de otros. Estamos en manos de mentirosos y desalmados de un tamaño tal como nunca hemos visto en toda la historia humana.

 

 

 

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