Los pescadores de la sierra

Agustín y Fernando habían quedado muy temprano en una zona conocida como el paraje San Ginés. Llegaron hasta allí, siguiendo la carretera de la Cadena. Dejaron sus coches y se dispusieron a caminar para llegar hasta el lago.

Al llegar y antes de dejar sus útiles de pesca, se acercaron a la orilla, y mientras contemplaban el gran volumen de agua embalsada, por el nivel alcanzado en las orillas, se preguntaban qué les depararía el día de pesca.

Miraron al cielo y pensaron que podría llover, pero que también podría ser un buen día. Después inspeccionaron las orillas del lago con la vista, siguiendo el vuelo de un águila.

—Pocas veces hemos visto el lago con tanta agua —dijo Agustín.

—El invierno y esta primavera han sido muy lluviosas —Le respondió Fernando.

Mientras contemplaban el extremo contrario del lago, vieron como una gran águila lo sobrevolaba.

—Es un águila pescadora —dijo Agustín—. El plumaje de su pecho es blanco, y parte de sus alas también.

—Sí, ya lo veo —Le comentó Fernando, y añadió—: Localiza a las presas desde el aire, cerniéndose sobre ellas antes de zambullirse con las patas por delante y en picado para capturar un pez. Y cuando vuelve al aire, coloca la cabeza del pez de forma que este esté alineado con la dirección de vuelo para que ofrezca menos resistencia al aire.

»Ojalá que nos traiga suerte —dijo—, y podamos ver alguna escena de pesca.

—Sería emocionante. Es un animal nacido para pescar —Le contestó Agustín.

—Tampoco el aguilucho lagunero lo hace mal —dijo Fernando.

—Ni la nutria —Le replicó su amigo.

Continuaron observando la orilla contraria mientras seguían con la vista al águila.

—El agua está cristalina y transparente y alcanza al nivel del bosque de chopos —dijo Fernando—, pero da la impresión de que debe de estar muy fría, por lo que no se si ponerme todo el equipo de pesca para introducirme en el agua.

Agustín estuvo ojeando todo el curso del lago aguas abajo, y le dijo a Fernando que se iba donde el río se iniciaba de nuevo. Y allí se quedó. Mientras inspeccionaba con la vista una zona abovedada de alisos y de chopos ya río abajo, vio como un par de nutrias jugaban en el agua. «Siguen aquí todos los años», pensó. Decidió instalarse cerca de la zona abovedada de árboles del río, en un bancal de arena sin vegetación y con abundancia de cantos rodados de bastante tamaño. Dejó sus útiles de pescador, una cesta y unas botas de plástico altas que le llegaban hasta la ingle y que le permitirían introducirse en el agua. Desplegó su taburete y sus avíos de pesca, y se sentó.

—Yo me quedo aquí, en esta parte del lago —dijo Agustín, señalando a una zona próxima donde el río iniciaba ya su descenso, y cerca del bancal de arena, pero donde el gran caudal de agua fluía con velocidad lenta y se introducía en una zona abovedada de alisos, chopos y cañas de arbustos de río secas por el invierno, que además de crear un arco físico, dificultaban el paso a los pescadores.

—Yo me iré aguas arriba del lago —dijo Fernando, e inició su camino hasta el otro extremo del río.

—Nos vemos dentro de un rato —dijo Agustín.

—Que haya suerte —Le contestó su amigo.

Agustín sacó el anzuelo, colocó un pequeño trozo de lombriz en el mismo, tiro la caña hacia atrás y después con gran destreza hacia delante. Recogió el señuelo con rápido movimiento de la manivela pero sin suerte. Lo repitió varias veces, hasta que decidió dejarlo flotando en el río mientras esperaba sentado en un pequeño taburete plegable que siempre llevaba consigo.

La paz y la quietud, junto con el sonido del agua, eran alterados solo por alguno de los animales y aves que se movían por la zona y que acudían a beber.

De vez en cuando se veía al águila pescadora sobrevolar el lago de un extremo a otro en búsqueda de algún pez. Agustín, al ver el paso de esta, en numerosas ocasiones buscó su nido con la vista, pues era probable que estuviera ya emparejada para la puesta, y que buscara en el lago la alimentación para su pareja y sus polluelos.

Fernando, después rodeó el lago caminando hacia el río aguas arriba, buscando una zona que le conviniera, y decidió instalarse en una parte cercana, donde el río entregaba el agua al lago.

Se puso sus pantalones para introducirse en el agua, cogió la caña y la tiró en una dirección que creyó que era la mejor. Fue recogiendo sedal, esperando tener suerte, pero no la hubo.

Al repetir la operación por tercera vez, sintió fuerza en la caña. Habían picado. La trucha parecía grande. Mantuvo la tensión, y con la manivela del carrete empezó a recoger hilo tirando hacia sí. Pero en un momento dado tiró con tanta fuerza que la trucha saltó en el aire, y un aguilucho lagunero, que observaba con detenimiento la escena, se lanzó hacía la misma atrapándola en el aire y llevándosela cogida entre su garras. Aleteó con fuerza para ascender y marcharse con la presa a otra parte.

Fernando quedó extasiado por la rapidez y la astucia con la que había reaccionado el aguilucho, y se entretuvo en rehacer su aparejo.

Mientras su amigo se las tenía con el aguilucho, Agustín observó a una trucha situarse detrás de una piedra para refugiarse de la corriente del agua. Se levantó con sigilo del taburete, se acercó y se situó detrás, y con un movimiento rápido del brazo y de la mano la sacó del agua, cayendo sobre el bancal de arena y piedras.

Un aguilucho, observando las maniobras del pescador y como quien espera un regalo, se situó en las proximidades de Agustín, e inició un rápido vuelo para recogerla en la arena del bancal con sus garras e iniciar el ascenso con un fuerte aleteo de sus alas.

Mientras pensaba en la inteligencia del ave, vio los ojos de una nutria, que con toda probabilidad había observado la escena de pesca del aguilucho, y que estaba expectante por si se repetía alguna situación en la que pudiera beneficiarse.

Agustín volvió a su taburete y lanzó la caña en diversas ocasiones sin tener suerte.

Pero en una de ellas, sintió que una gran trucha había picado, e inició el proceso de ir retirando el sedal. La trucha era grande y se defendía con fuerza. Continuó tirando de la caña, curvándose esta en gran medida, y al mismo tiempo moviendo la manivela del carrete, pero con el mismo resultado de tensión por parte de la trucha. Volvió a tirar de la caña, esta vez con tanta fuerza que la trucha saltó al aire y volvió a caer al agua.

El águila pescadora, que sobrevolaba el lago observando y expectante a las escenas de pesca, con gran rapidez, la recogió en una zambullida. Pero una nutria que también observaba desde el interior del agua peleó por la presa, abalanzándose sobre el águila. Con su capacidad de movimiento en el agua muy limitada, el ave, sin velocidad y tratando de mantenerse en el aire, daba fuertes aletazos para sostenerse y evitar caer de nuevo al agua. Sin otro remedio, el águila tuvo que soltar la trucha por unos instantes ante los envites de la nutria y su mayor movilidad, y así levantar un poco el vuelo para después volver a cernirse sobre la nutria y clavarle las garras en el dorso. Esta, aprovechando de nuevo su mayor maniobrabilidad, le lanzó al águila una dentellada, que provocó que después de agitar sus alas, y ya con la trucha en poder de la nutria en el interior del río, emprendiese con lentitud el despegue.

Después de unos minutos de calma, y mientras disfrutaba del entorno, Fernando observó como dos truchas más pequeñas se colocaron en la parte posterior de una gran piedra para eludir la corriente del agua. Repitió la operación y con un rápido manotazo consiguió sacar del agua a las dos, pero con la mala fortuna que una de ellas regresara al agua, y la otra cayese en la arena, cerca de la orilla, y que con un fuerte aleteo de su cola, también tuvo la suerte de volver al agua. Las dos truchas se habían defendido y se habían escapado.

El sol estaba ya alto y decidieron que era el momento de buscar un sitio donde tomar un tentempié. Sacaron unos bocadillos y disfrutaron de un almuerzo frugal, mientras comentaban con excitación las escenas de pesca que habían visto y vivido.

Al final del día, Agustín y Fernando, no habían conseguido pescar nada.

Solo la paz de un día en armonía con la naturaleza.

Antes de iniciar el regreso, echaron un último vistazo. El águila pescadora seguía sobrevolando el lago, los aguiluchos continuaban con sus prácticas de acecho y de vuelo, y las nutrias continuaban con sus juegos.

Los pescadores de la sierra seguían pescando.

—Grandes pescadores —exclamaron Agustín y Fernando.

Este relato pertenece al libro “Senderos de Libertad”.

 


Ángel Villazón Trabanco es ingeniero, escritor y periodista cultural y te brinda la posibilidad de leer algunos de sus libros:

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Ángel Villazón Trabanco
Ingeniero Industrial
Doctor en Dirección y Administración de Empresas




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