El auténtico eclesiástico

Cuando llegaron al monasterio donde se iba a celebrar la santa misa, pensaban que no iba a ser fácil averiguar lo que querían, y mucho menos por parte de la Iglesia. Mientras la condesa esperaba en el interior de la calesa, los goliardos descabalgaron de sus monturas, cogieron las bridas, acercaron los caballos al establo e iniciaron una charla con un hombre que cepillaba a unas burras.

—Buenos días —Le dijo muy cortés el ex monje, al mismo tiempo que alababa su esfuerzo por mantener el pelaje de los equinos limpio.

—Buenos días —Le respondió el hombre.

—¿Quién es el propietario de las acémilas? —preguntó intrigado.

—Es el obispo Don Bermudo Bellido.

—¿Es al que llaman O’Lixeiro? —preguntó con sorna.

—Así es, así es, que no es de otra manera —Le respondió el mozo de mulas.

—¿Y para qué las utiliza? —Le inquirió con curiosidad.

—Para transportar sus zapatos y sus ropajes cuando oficia misa en algún pueblo o cuando va al palacio de alguna condesa, de alguna marquesa, o de alguna baronesa.

—¡Tanta nobleza hay por aquí! —exclamó el ex-monje.

El arriero lo miró sorprendido y no dijo nada.

—Comprendemos —Le respondió—. Es muy importante el ir bien vestido y calzado —dijo el goliardo.

—Eso dice él —Le respondió el mozo de las acémilas.

—Además utiliza una calza de madera muy grande y pesada, que tiene que transportar —continuó.

—¿Qué le sucede? —Le preguntó.

—Que es cojo —Le dijo el arriero.

—Y este obispo, ¿de dónde es?

—Es de Ovetum.

—Y usted ¿cómo se llama?, buen hombre.

—Yo soy Ajosefo. Ajosefo Antuanido. Estoy al cuidado de las acémilas.

—¿Se puede hacer cargo de nuestras monturas? —Le preguntó.

—Si me da unas monedas, les puedo dar de comer y beber y cepillar las crines.

Le dieron unas monedas.

—Los caballos del establo, ¿también son del obispo?

—Son de sus sacristanes. Los utiliza para transportar a sus sobrinos, a su sobrina y también a Alupretia, la lavandera.

—¿Los niños del coro y sus sobrinos? —Le preguntó, con ironía, mirando a sus amigos.

—Así es, así es, así es, que no es de otra manera —Le contestó el arriero.

—¿Dónde dejamos los caballos? —Le preguntó el goliardo.

—Átenlos en el poste de la puerta y no pasen cerca de los mulos porque dan coces.

—¿Y eso por qué? —preguntó.

—Porque hay un eclesiástico, un opuseiro de esta abadía, que se empeña en enseñarle modales a los jumentos. Dice que tienen que cumplir la ley de la divina providencia. Quiere someterlos a la ley de Dios, que no es otra más que la voluntad de los representantes de Dios en la tierra, pero los equinos arrecian sus rebuznos cuando el eclesiástico se acerca.

»Quiere enseñarles modales a las acémilas, y los jumentos le enseñan modales a él. Hace unos días, uno de ellos le dio una coz tremenda, de la que nunca se repondrá.

Riéndose, le dijo a sus dos socios: “del amo y del burro cuanto más lejos más seguro.”

—Así es, así es, que no es de otra manera, eso es de siempre, pero hay gente que no lo quiere entender. Y se obstina en enseñar a las acémilas cómo comportarse.

—¿Por donde podemos pasar a la iglesia? —Le preguntaron.

—Golpeen la aldaba de esa puerta. Tendrán que dar la vuelta al claustro del convento, y ya la verán. Los recibirá Alupretia —Les dijo el mozo de los jumentos.

—¿Alupretia? —Le preguntó el goliardo.

—Si, es la lavandera del obispo —Le contestó.

—Los monjes la conocen como la gallina —Le dijo el arriero.

—¿La gallina? —Le preguntó asombrado el ex-monje—. ¿Y a qué es debido ese ápodo?

—Alupretia cree que todo aquello que le conviene a ella, es cierto.

—Fue abandonada por su marido por un problema de cuerna —continuó Ajosefo.

—¿Por un problema de cuerna? —Le preguntó al arriero, divertido.

—Había trabajado en un convento de monjas y estaba liada con dos de los capellanes. Así es, así es, que no es de otra manera. Su marido se enteró y la abandonó. Para olvidar oprobios, Alupretia iba a todas las misas, a las vísperas, a los rosarios, a comulgar y a confesar con el cura y con el obispo —continuo el arriero—. Y así ella pensaba que le decía a todo el mundo “Soy amiga del cura”, para que todos creyeran que era buena, pura y casta.

—¿Y no lo era? —Le preguntaba tirándole de la lengua.

—No. Era más puta que un dolor de muelas —Le decía Ajosefo.

—Comprendo, tenía mucho que lavar —dijo riendo el goliardo.

—Así es, así es, que no es de otra manera, por eso los monjes dicen que es estúpida como una gallina.

Se acercaron a la puerta del monasterio y uno de ellos golpeó la pesada aldaba de hierro. Mientras tanto, la condesa bajó de la calesa asistida por un goliardo y se acercó al grupo. Un monje salió a la puerta y llamó a Alupretia, que los llevó al interior del convento dando la vuelta al claustro.

Entraron en la iglesia, ocupando ella un asiento delantero, y ellos se quedaron atrás. Después de esperar unos minutos, bajó el obispo, seguido de sus sacristanes, e inició el oficio de la santa misa.

Poco después, los niños del coro, entrando por una puerta lateral, iniciaron su ascenso, situándose en la parte trasera. Al cabo de unos minutos iniciaron unos cánticos, que dieron lugar a la salida de Don Bermudo, que cojeaba de forma ostensible, seguido de sus dos sacristanes y de dos monaguillos que lo asistirían en el oficio de la santa misa, y que al acercarse al altar, le levantaron sus ropajes para que al arrodillarse ante el sagrario no se mancharan sus vestiduras, mientras que otro tocaba su campanilla.

En el sermón clamó contra todos aquellos que se dedican a abusar de los niños, diciendo que los niños tienen un lugar especial en el corazón de Dios y que cualquiera que lastime a un niño está trayendo sobre sí la ira de Dios.

Y continuaba diciendo que cuando los discípulos de Jesús trataron de impedir que los niños vinieran a Él, los reprendió, y los invitó a que estuvieran a su lado, diciendo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de Dios”.

Y seguía: “y cogiéndolos en sus brazos los bendijo”.

—La Biblia promueve la bendición de los niños, y no el abuso de ellos.

Con estas palabras terminó su discurso, para seguir la misa, y ya en la consagración, acudió al monaguillo para que le sirviera vino en la copa.

El chico le echó un chorrito y el obispo, enfadado, le dijo:

—Echa más, echa más, hostia.

Le echó otro poquito de vino.

—Echa más joder, echa más cabrón —Le dijo.

De nuevo, le volvió a servir solo otro poco, provocando que O’Lixeiro le dijese:

—Que eches más, hostia. Que eches más, joder —Le dijo de nuevo al monaguillo.

Una vez finalizada la santa misa, el obispo, después de cambiarse de vestimenta en la sacristía, se dirigió hacia la puerta para saludar a los presentes y departir con unos y con otros. Cuando vio que había asistido la condesa, se dirigió hacia ella cojeando y apoyándose en su báculo.

En ese momento llegó Alupretia, quien le dijo que los niños ya estaban bañados y listos para acostarse, antes de saludar a los presentes.

—Venga usted también señora condesa —Le dice el obispo, y subieron las escaleras para dirigirse a la cámara de los niños, mientras hacía un esfuerzo para subir las escaleras con rapidez.

Al encontrarse con los niños recién bañados y con sus pantalones de dormir bajados, exclamó:

—Dios mío, Dios mío, Dios mío, qué alegría —decía el Obispo.

»Por Dios, por Dios, por Dios, que alegría, Alupretia, Alupretia, que alegría —decía Don Bermudo al verlos así de esta manera, mientras se llevaba su mano izquierda a la boca, tratando de contener su emoción.

»Alupretia, Alupretia, tócales sus colitas —Le decía Don Bermudo, mientras miraba la escena extasiado. El obispo los miraba embelesado y se le caía un hilillo de baba al verlos. No apartaba la vista de ellos.

—¿Quiere que le preparare un par de ellos para esta noche? —Le preguntaba la lavandera.

—No, esta noche prefiero a la niña.

—Pero mire su barriguita, Don Bermudo —Le decía Alupretia.

—Es la semillita de la Iglesia.

—Pero si solo tiene once años —Le decía Alupretia.

—Dios sabe muy bien porque hace las cosas, no me respondas.

—Por Dios, Don Bermudo, que está muy entristecida, y ni siquiera sabe que está embarazada.

—Nosotros la ayudaremos y cuidaremos de ese niño, para que cante como los ángeles y le daremos trabajo a la madre como lavandera de nuestras ropas.

La condesa, presente en la escena, observó a los niños del coro y a la niña, y bajó la escalera con rapidez. Ya había visto lo que quería ver. Había averiguado lo que quería averiguar.

El obispo bajó unos minutos después y cuando vio a la condesa, se dirigió hacia ella cojeando y apoyándose en su báculo.

—Que misa tan bonita señor obispo —Le dijo la condesa.

—Gracias señora condesa —Le contestó el Deán, mientras le extendía la mano dándole a besar su anillo pastoral—. Estoy encantado de su presencia en esta ceremonia.

—Y que sermón tan sabio ha pronunciado —continuó.

El obispo reía sin disimulo.

—Y que vestimentas tan elegantes, Don Bermudo, y a juego con sus zapatos.

—¿Se ha fijado usted, señora condesa? Que observadora es.

—No puede ser de otra manera, Don Bermudo. Tiene un aire muy distinguido con esa mitra. Ese gorrito de color morado es muy llamativo y también lo enaltece a usted. Por cierto, ¿como se llama?

—Es un solideo, señora condesa. Significa solo a Dios. Solo me lo quito ante el santísimo sacramento o durante la misa. Tal vez algún día, si los méritos son suficientes a los ojos de los cardenales, pueda llevarlo blanco —continuó Don Bermudo.

—Ojalá —Le respondió con sorna soterrada la condesa—. A todos nos interesa en este pueblo tener un papa como usted.

El obispo sonreía sin disimulo, ladeando la cabeza ligeramente hacia abajo.

—Y la casulla de color blanco que llevaba usted conjuntaba de maravilla con la mitra.

—Es de lana —Le respondió el obispo—. La lana significa la aspereza de la reprensión a los rebeldes, y el color blanco la benevolencia hacia los humildes y penitentes —continuó Don Bermudo.

—Por cierto —continuó la condesa—, ha elegido muy bien el color verde de su estola.

—Es un orarium, señora —le volvió a responder el Deán, que no cabía en sí de gozo enseñando la doctrina de la Iglesia embebida en sus ropajes, a tan noble asistente.

—Hasta el báculo realza su figura y le da a usted un toque de distinción.

—El báculo, condesa, es un símbolo de la función pastoral. Es curvo en la parte superior para atraer a los pecadores y recto en la parte vertical para corregir, sostener a los débiles y empujar al indeciso, al enfermo y al perezoso —continuó Don Bermudo.

»Simboliza al pastor que guía y apacienta a las ovejas —continuó el pastor de Ovetum, gustándose con sus explicaciones.

—Y sus zapatos de piel de cabritilla le dan a usted una gran prestancia combinados con las medias de seda de color violeta.

El obispo no cabía en sí de felicidad. Su sonrisa era amplia y reía de satisfacción por las palabras de la condesa.

—Los ropajes y los complementos los utilizamos para destacar nuestro legítimo carácter de sucesores de los apóstoles de la diócesis de la cual soy pastor.

»El obispo debe de poseer vida, ciencia, doctrina y poder.

»Los prelados debemos cuidarnos de dudas y de pensamientos nocivos —continuó.

»Además debemos de tener coraje para no sucumbir a la adversidad, y templanza para no descontrolarnos en la prosperidad, siguió el prelado.

—Que bribón es usted —Le decía la mujer—, mientras el obispo reía a mandíbula abierta.

—Mañana por la tarde —continuó la condesa—, lo invitaré a merendar en mi palacio.

—Será un placer señora condesa.

—Por cierto, que bien cantan sus sobrinos.

Entonces el obispo ya no pudo disimular su alegría y su satisfacción y le dijo que los llevaría también para que cantarán en su presencia.

—¿Y cómo hace para que a esos chicos no les cambie la voz? —Le preguntó la condesa.

El obispo sonrió nuevamente, y no le contestó.

—Que bribón es usted señor obispo —Volvió a decirle—, que bribón es —Le decía la condesa.

—Todo se hace por el bien de la Iglesia, señora condesa —Y se reía.

Después de marcharse con los goliardos, la condesa les dijo:

—Esa niña de once años era mi sobrina. Había desaparecido hacia seis años.

—La reconocí enseguida.




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