La reunión de los cardenales

Eran las doce de la mañana, el cielo estaba muy gris, el frio era intenso y nevaba copiosamente sobre la ciudad de Colonia. El palacio cardenalicio, que ocupaba una manzana de la ciudad, enfrente del ayuntamiento, contemplaba la poca gente que tenía que ir a algún sitio escondiéndose en los soportales de los edificios. Tan solo unos niños que jugaban y unos borrachos bebiendo cerveza y licores en los bares.

Empezaron a llegar las calesas con los cardenales y para que no se mojaran con la nieve que estaba cayendo, los iba a buscar un sacristán con un gran paraguas a sus respectivos carruajes, y los ayudaba a cruzar la calle y a entrar en el palacio, donde se iba a celebrar el ágape y la comida por la Epifanía del Señor.

Según iban llegando con sus vestimentas bordadas por afamadas costureras, monjas de un convento de clausura, un sacristán los iba llevando de forma silenciosa por el claustro gótico donde se ubicaba la biblioteca, para pasar después por la iglesia del palacio, y finalmente llegar a la sala donde se iba a celebrar el ágape y la comida. Unas antorchas en el camino iluminaban el día gris, y su luz era reflejada en la nieve que había caído días atrás cubriendo todo el patio.

Algunos purpurados miraban al pasar los carámbanos de hielo que colgaban del arco de hierro del pozo y otros fijaban la vista en las ramas vencidas por la nieve acumulada del ciprés, que en su altura, se elevaba por encima del claustro. Así llegaron a la sala capitular donde se iba a celebrar el ágape. Una bandada de cuervos negros trataba de buscar comida.

Al entrar, una gran habitación alargada con bóveda de cañón, una gran mesa de maderas nobles en el medio y las paredes del techo decoradas con frescos y tapices alegóricos a imágenes divinas de Jesús con infantes. Unos tapices reflejaban escenas divinas de Jesús con unos niños, parecía decirles que quien hiciera daño a esos niños, el infierno sería suyo. Otros reflejaban escenas de niños cantando en el coro. Dos grandes chimeneas, con troncos de leña de abedul ardiendo en cada extremo de la sala caldeaban la atmosfera, pues a los cardenales no les gustaba el frio.

Los purpurados se saludaban afectuosamente, luciendo sus elegantes galas y sus orondas barrigas. Al cabo de unos minutos de permanecer conversando, pues se conocían todos, los sacristanes que se encargaban de los niños del coro y de las labores en la catedral, empezaron a llevar bandejas con bebidas y aperitivos. Los mejores vinos de Francia, España y de otros países exóticos y lejanos, y cervezas especiales de Flandes y de Dinamarca.

La conversación derivó a lo que iba a ser el orden del día y empezó diciendo el cardenal Friederich Weltery, que hay muchas menciones que hacen referencia a los eunucos, y que una de las más importantes figuras castradas es Noé, cuyos órganos sexuales fueron amputados por su propio hijo Cam. La castración está rechazada en dos de los libros del Antiguo Testamento, el Levítico y el Deuteronomio, en este último de manera muy explícita: “El hombre que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado, no será admitido en la asamblea de Yahveh”.

El grupo de purpurados, charlando animadamente sobre la castración y los eunucos, se fue dividiendo en dos corrillos junto con los sacristanes que vivían con los niños. Uno de ellos, que sabía cuándo había que practicar las operaciones decía que ya había seis o siete niños, a los que les empezaba a cambiar la voz y que había que practicarles la emasculación.

—A nosotros, todos los cardenales y los obispos —decía Friederich Weltery—, y también a los papas, nos seducen la ductilidad y dulzura de sus voces. ¿Porque hay que quitarle a Dios el placer sublime de oírlos y disfrutar en la gloria?

—El canto es parte integrante de la liturgia católica —comentaba el mismo cardenal—, y en un coro eclesiástico son esenciales los chicos soprano. ¿Cómo podemos arreglárnoslas en la Iglesia para no tener que cambiar constantemente de coristas?

Las bandejas que llevaban los sacristanes con exquisitas viandas y bebidas eran rápidamente agotadas, yendo a la cocina a buscar más.

—El mantener a miles de niños —decía el príncipe de la Iglesia Friedrich Schulz—, nos sale muy caro. Los niños son castrados para conservar su angelical voz, y hay que rentabilizar la inversión, hay que tener en cuenta los costes de mantenimiento económico para la Iglesia, y los costes de su educación —decía el cardenal.

El purpurado Schulz opinaba, mientras tomaba una cerveza de una de las bandejas que le ofrecían, que no podemos emplear a mujeres sopranos, porque los papas habían prohibido que la mujer cantara en la iglesia, y además hace un siglo, cuando se popularizaron las prácticas polifónicas, que requieren voces femeninas, las mujeres no pueden cantar en coros eclesiásticos. Por eso comenzamos a necesitar de castrados y su angelical voz.

Mientras se deleitaba con un bocado exquisito, decía el cardenal Klaus Richter que las voces de los castratis son agudas muy bellas, pero para obtener ese refinado tono, son sometidos a la emasculación, aunque los efectos físicos y psicológicos son desastrosos y mueren muchos en las operaciones.

—El cantor castrado tiene la potencia del hombre y la voz del niño, la clase de voz que poseen los ángeles —decía el cardenal Otto Newman, cogiendo una copa de vino español—, además, es posible regular el tipo de voz variando la edad a la que se realizaba la emasculación. Los castrati —continuaba— son de extracción humilde y si un hijo demostraba dotes musicales, nos lo venden. Otros padres quieren que su hijo castrado se haga famoso y les permita vivir con holgura.

El purpurado Bauer era de la opinión de que hay chicos que no tienen buena voz, y que son rechazados, y que con otros castrados que son excedentes se les permite tomar las órdenes sagradas y oficiar misa.

—Además —decía el cardenal Schulz, cogiendo un vino del Rhin—, no tiene el mismo valor el eunuco castrado totalmente, que el que conservaba su pene, pues los que sobreviven a la mutilación completa, tienen que retirarse la barrita de orinar y son mejor valorados.

—La práctica de los eunucos ya viene de Bizancio, de muy atrás —decía Weltery—, hay referencias de castratis en el siglo XII en España, y en muchas partes, y contó que Isaías había dicho a Ezequías, “oye la palabra del Señor, he aquí, vienen días cuando todo lo que hay en tu casa y todo lo que tus padres han atesorado hasta el día de hoy, será llevado a Babilonia, y nada quedará, y algunos de tus hijos que saldrán de ti, serán llevados, y serán oficiales en el palacio del rey de Babilonia.” Lo decía, porque los eunucos desempeñaban altos cargos, muy próximos al rey o emperador, como ministros o funcionarios.

Los aperitivos y las bebidas desaparecían de las bandejas.

Continuaba Wellteery, mientras se servía un panecillo exquisito, diciendo que en la Biblia hay muchas referencias a eunucos como servidores o guardianes de la reina, del harén o de otras mujeres en las cortes reales, los oficiales en el palacio del rey de Babilonia eran todos castrados.

—Así es —decía, el mismo cardenal—, en el Deuteronomio se dice que ninguno que haya sido castrado o que tenga cortado su miembro viril entrará en la asamblea del Señor, pero ¿cómo podría glorificarse a Dios, con la voz angelical y dulce de estos niños si no es por la castración?

El cardenal Zimmermann, mientras llamaba a un sacristán para que le acercara una bandejas con un aperitivo que le apetecía, muy versado en la biblia, expresaba que el libro sagrado decía, “Que el extranjero que se ha allegado al Señor, no diga: Ciertamente el Señor me separará de su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí, soy un árbol seco. Porque así dice el Señor: A los eunucos que guardan mis días de reposo, escogen lo que me agrada y se mantienen firmes en mi pacto, les daré en mi casa y en mis muros un lugar, y un nombre mejor que el de hijos e hijas, les daré nombre eterno que nunca será borrado”.

El príncipe de la Iglesia Schröder expresó el temor de que varios niños murieran como la vez anterior y preguntó donde habían practicado la emasculación, pues de nueve niños solo habían sobrevivido dos, que era una gran pérdida para la Iglesia que se perdieran siete niños, siete voces para la Iglesia, siete voces para Dios.

Y continuaba diciendo que había que tener más precauciones con los fallecimientos, pues vino alguien a preguntar si sabía algo de un niño fallecido, a lo que tuve que contestarle y mentirle, pues lo conocía y estaba en el coro, decía, mientras bebía cerveza flamenca hecha especial con guindas.

—Son como mártires por el cielo —decía Newman—, sus angelicales y dulces voces no las volveremos a oír. Es una gran pérdida para nosotros, para la Iglesia y para Dios. Pero son enterrados con cristiana sepultura.

—Además —seguía—, al emascularlos antes de la pubertad se detiene el desarrollo de los caracteres masculinos, como la aparición de vello en otras partes del cuerpo y el sonido de la voz se torna más grave, y se mantiene en un tono más parecido al de un niño.

—También observamos que el tono es parecido al de una soprano, pero con mucha potencia —señalaba el purpurado Schulz—. No cabe duda de que los ‘castrati’ emocionan al público con sus voces, pero a costa de su salud y de su oportunidad para ser padres.

—La castración por motivos musicales y religiosos está permitida, y por algo es —decía otro cardenal—, que la Iglesia realiza la castración de los niños, pues así conservan su angelical voz. Doctores tiene la Iglesia.

Al final se unieron los dos grupos de cardenales y sacristanes y comentaron que los fallecidos están enterrados y todos recibieron cristiana sepultura, dijo otro.

—Que más nos pueden pedir —protestó otro cardenal—. Por nuestra parte no podemos hacer más.

—Están enterrados en algún lugar y para que nadie sepa dónde están, no se dice nada a nadie —dijo cogiendo una copa de vino español.

Los sacristanes volvieron a pasar bandejas con más aperitivos y bebidas que desaparecían rápidamente.

—A mí también —decía Schröder—, hubo padres que me preguntaron por un niño, y tuve que decirles que no lo conocía y haciendo gala de mi linaje cardenalicio no quise hablar con la mujer, solo con su marido, pues yo no hablo con mujeres. Por eso —continuaba—, para que no se conozca nada de las muertes, solo lo sabe el obispo que hace la operación, un hombre que como sabéis tiene una gran experiencia y que está experimentando con otras drogas que duermen más y que los atontan más.

Antes solo les dábamos alcohol, pero ahora se les da los primeros días un compuesto con opio, y más mezcla de plantas que los duermen más, y los que sobreviven tardan menos tiempo en recuperarse, comentaba otro cardenal.

Mientras bebían un vino francés, decían que la música era excelsa, acercaba a Dios, y que los niños la cantaban de una forma inmejorable, así que había que seguir con las operaciones.

Un obispo con experiencia en las operaciones también presente, dijo que no había problema, que el próximo martes se los llevarán de forma individual, a tres niños y después a los cuatro restantes. En total se les practicaría la emasculación a los siete niños que les estaba cambiando la voz, pues estimaron que había otro niño que también le estaba cambiando la voz.

Después de esta conversación, los cardenales se sentaron en la mesa y disfrutaron de una gran comida donde no faltaron viandas y vinos. Las monjitas cocineras del palacio hicieron la exquisita comida y lo sacristanes la sirvieron.

Los cardenales, amantes de la música y de los coros, dijeron que era necesaria para la música religiosa, porque si no se perderían las voces para la Iglesia y para Dios. Después de la comida fueron a sus respectivas habitaciones a descansar, y a las seis de la tarde a disfrutar con el canto de un coro de niños de la escolanía de la catedral, que todavía no eran castratis.

Corría el año de 1601.

 


Ángel Villazón Trabanco es ingeniero, escritor y periodista cultural y te brinda la posibilidad de leer algunos de sus libros:

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Ángel Villazón Trabanco
Ingeniero Industrial
Doctor en Dirección y Administración de Empresas

 

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