¡TÚ TIENES EL RELOJ, YO TENGO TIEMPO!
Los Tuareg o los hombres azules del desierto es un pueblo bereber de tradición nómada del desierto del
Sáhara. Su población se extiende por seis países africanos: Argelia, Libia, Níger, Malí, Mauritania y
Burkina Faso. Cuando se desplazan, cubren tanto sus necesidades como las de sus animales, debido a
que viven en unidades familiares extensas que llevan grandes rebaños a su cargo. Tienen su propia
escritura, el tifinagh, y su propio idioma, el tamashek.
Esta es la sencilla y profunda reflexión de Moussa Ag Assarid, escritor y defensor del pueblo tuareg,
publicada por La Vanguardia de España, en el 2019
-¿Cuántos años tienes Moussa?

-No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, ¡sin papeles.!
-Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los
camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoysoltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo
-¡Qué turbante tan hermoso!
-Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez
seguir viendo y respirando a través de ella. Es de un azul intenso. A los tuareg nos llamaban los hombres
azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados.
-¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
-Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el
color del mundo.
-¿Por qué?
-Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
-¿Quiénes son los tuareg?
-Tuareg significa «abandonados», porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso:
«Señores del Desierto», nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
-¿Cuántos son?
-Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece… «¡Hace falta que un
pueblo desaparezca para que sepamos que existía!», denunciaba una vez un sabio: yo lucho por
preservar este pueblo.
-¿A qué se dedican?
-Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de
silencio…
-¿De verdad tan silencioso es el desierto?
-Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a
uno mismo.
-¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
-Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las
llevamos a donde hay agua y hierba… Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre… Y yo. ¡No había
otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
-¿Sí? No parece muy estimulante. …
-Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas
importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas… Y a dejarte
llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
-Saber eso es valioso, sin duda.
-Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
-Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
-Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por
el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
-¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
-Vi correr a la gente por el aeropuerto.. .. ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me
asusté, claro.
-Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja
-Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me
pregunté… Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua y sentí ganas de llorar.
Mujeres tuaregs
-Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
-¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y
allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…
-¿Tanto como eso?
-Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos… Yo tendría
unos doce años, y mi madre murió… ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a
contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
-¿Qué pasó con su familia?
-Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros.
Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su
casa. Entendí: mi madre estaba ayudándome.
-¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
-De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista
se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito.
Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo.
Y lo logró.
-Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
-¡Un tuareg en la universidad!
-Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella… Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la
arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es
distinta cada cabra. Aquí, por la noche, miráis la tele.
-Sí. ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
-Tienen de todo, pero no les basta. Se quejan por todo ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Se
encadenan de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa… En el desierto no hay atascos,
¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
-Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
-Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y
animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo,
amarillo, verde.
-Fascinante, desde luego.
Es un momento mágico.Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos
el hervor. La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor.
-Qué paz.
-Aquí tienen reloj, allí tenemos tiempo.
-Somos la presencia divina