El desastre, según lo previsto

Opinión

El presidente de Vox, Santiago Abascal, interviene en la clausura de un acto de campaña, en el Parque de la Piedad, a 13 de diciembre de 2025, en Almendralejo, Badajoz, Extremadura (España). / Javier Cintas

Marc Cabanilles

 

Ateneo Libertario Al Margen de Valencia23 ENE 2026 6:00

Muchas crónicas se están escribiendo (y se escribirán), muchas tertulias se dan (y se darán) sobre lo que, para muchas personas que soñamos con un mundo mejor, va a ser el desastre que se avecina en los próximos procesos electorales: El triunfo de una derecha extrema, apoyada por la extrema derecha.

En realidad, el desastre no va a ser el resultado de las votaciones. Más bien, el resultado de dichas votaciones, será la consecuencia del desastre.

Desastre en que se ha convertido el mundo de la política, desastre de muchos medios de comunicación carentes de ética y responsabilidad, el desastre que supone para muchísimas personas el acceso a la vivienda o un trabajo digno, el desastre del deterioro galopante de la sanidad pública con el aumento de seguros privados y la sanidad concertada, el desastre de un medio ambiente sometido únicamente a intereses económicos, el desastre del día a día en la vida con la incertidumbre de cómo será mañana, en definitiva, el desastre de basar la convivencia en dinero, injusticia y privilegios.

Desde la óptica progresista, quienes pudiendo hacer unas cosas no las hicieron o hicieron otras, o aquellos que imbuidos en una cómoda realidad en la que nada les falta, seguramente acusarán a la ciudadanía de no saber lo que hace, de estar confundidos, de no terminar de entender la situación, …. En definitiva, acusarán al pueblo de saltar al río sin pensar en los cocodrilos. Pero la realidad, es que hace ya mucho tiempo que hay más cocodrilos en la orilla que dentro del propio río.

Con ese razonamiento, henchido de una falsa superioridad moral a la hora de buscar responsables, en vez de señalar a los verdaderos culpables por no hacer o por haber hecho lo contrario de lo que de ellos se esperaba, no es extraño que la mirada se dirija hacia ese pueblo que, entre aturdido, indiferente y desconfiado, sale huyendo de todo lo conocido, acontecido y vivido hasta ahora, intentando buscar “algo nuevo”, sin saber muy bien qué.

Muchos de quienes depositarán su ya escasa soberanía individual en la derecha extrema o en la extrema derecha, serán los primeros afectados por sus políticas, que la ortodoxia bien pensante denomina, de forma suave, neoliberales, pero, mejor denominarlas insolidarias, machistas, inhumanas, homófobas, egoístas.

Siendo eso cierto, no lo es menos que una gran parte de la ciudadanía del Estado Español (jóvenes, parados, trabajadores precarios cuyo sueldo no alcanza ni para el alquiler, autónomos) y muchos sectores de la economía (agricultura, pesca, ganadería, minería, transporte) vienen sufriendo una situación difícil, por no decir dramática, independientemente de la diversidad de gobiernos.

A lo anterior podemos añadir que, en este periodo democrático, tanto con gobiernos progresistas como de derechas, no se ha conseguido dejar atrás el lastre de la dictadura franquista. Partidos claramente fascistas totalmente legales aprovechando la democracia para extender su nefasta doctrina, jueces con sentencias impresentables hundiendo a unos y privilegiando o dejando hacer a otros, fundaciones fascistas reivindicando con total impunidad una dictadura criminal, una simbología fascista de monumentos y calles extendida por toda la geografía, y una historia contemporánea desconocida por la juventud dado su nulo tratamiento en los centros docentes.

Y para remate, el impresentable ejemplo de dos instituciones intocables. Por un lado, la iglesia, acaparando propiedades, intentando escabullirse de una pederastia que alcanza hasta obispos, haciendo descaradamente política al pedir elecciones ahora que parecen ganar “los suyos”. Por el otro, la actuación del exjefe de estado, el rey emérito, puesto por en su día por el dictador, pagando amantes con dinero público, dedicando su reinado a amasar una fortuna aprovechando su inmunidad y teniendo que fijar su residencia en otro país huyendo de la “justicia”.

Ante este panorama, algunos tenemos la impresión, que el pueblo español se ha convertido en un conejillo de indias en manos de unas élites (política, judicial, clerical, sindical y empresarial) que ojalá pudiésemos decir que fueron simplemente inútiles, pues más bien han demostrado un alto grado de improvisación, insensibilidad, contradicciones y alejamiento de la realidad con sus leyes, sentencias, homilías y pactos.

Con todos estos condicionantes afectando a la ciudadanía, tanto con gobiernos democráticos como dictatoriales, que ahora vengan algunos a decir que la historia juzgará por lo acontecido en las próximas elecciones, resulta un razonamiento superficial y pretencioso, emitido por quienes quieren abdicar de su responsabilidad, desviándola hacia sujetos difusos. Nada se dice, y parece que nadie mira hacia unos dirigentes políticos, judiciales, clericales, sindicales y empresariales, a quienes los mecanismos democráticos han dado el suficiente poder y los instrumentos necesarios como para haber podido evitar este dramático momento al que se aboca esta democracia, la cual, cada vez más, parece que ya sólo permitirá elegir entre Frankenstein o Drácula.

Cuando a un cuerpo, ya sea el cuerpo humano o el cuerpo electoral, se le ningunea, vapulea, maltrata, o se le somete a tal cantidad de presiones, contradicciones, situaciones extremas, sufrimientos inútiles, recetas inapropiadas, esperanzas frustradas e informaciones falseadas, lo que no se puede esperar es que, dicho cuerpo, reaccione con tranquilidad, prudencia, equidad y lógica.

Sin querer arrogarme la representación de nadie, me parece que una gran parte de la ciudadanía española, va camino de dejar de creer en quienes dicen ser los “pilares” de la democracia, y en consecuencia, es fácil deducir que lo que digan, prometan o planifiquen esos “pilares”, ya no significa absolutamente nada para esa ciudadanía.

Y para quien se considere demócrata, eso, precisamente, es el desastre.

 

 

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