A los emigrantes de ahora, los náufragos de la globalización, les han robado su lugar en el mundo

Foto: Amnistía Internacional

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

25 DE JUNIO DE 2023, 17:07

Me siento profundamente avergonzado por determinados acontecimientos recientes y el tratamiento diferente que han recibido a nivel mediático. En estos días pasados la gran atención mediática a nivel mundial ha estado dirigida al destino de un sumergible que había descendido a las profundidades del Atlántico para observar los restos del Titanic.

Tenía mucho de ocurrencia de unos multimillonarios, que debían buscar aventuras cada vez más arriesgadas. Pero, era un capricho. De la misma manera, para un posible rescate de los 5 multimillonarios, hubo un gran despliegue de medios humanos y técnicos, públicos y privados, por parte de diferentes países.

Y aquí viene la perversidad y podredumbre del mundo actual. Todo esto acontecía simultáneamente al hundimiento en el Mediterráneo, frente a las costas griegas, del pesquero Adriana, que ha dejado casi un centenar de cadáveres en las aguas y desaparecidas medio millar de personas que trataban de llegar de las costas de Libia a Italia. Poco después conocíamos de la muerte de una cuarentena de ocupantes de una lancha entre las costas de África y Canarias, en aguas responsabilidad de los servicios de rescate españoles, que no intervinieron ya que Marruecos comunicó que se haría cargo. Tras 12 horas esperando a unos u otros sin que llegara ninguna ayuda, solo se pudo rescatar a una veintena de personas. La comparación resulta hiriente. Tantos medios técnicos y humanos para un posible rescate del sumergible y tan pocos para las barcos o cayucos en el Mediterráneo y en el Atlántico. De la misma manera en cuanto a la diferencia del despliegue informativo. No quiero olvidar el triste aniversario de la masacre en la valla de Melilla, que estremece, avergüenza a cualquier ser humano. No encuentro palabras para describir tanta maldad humana.

La actuación en relación a la inmigración de esta Europa, la de la Ilustración, de los derechos humanos y de la democracia, merece una profunda reflexión. De entrada, no tengo ninguna duda de que las generaciones futuras se avergonzarán de nosotros. 

La actuación en relación a la inmigración de esta Europa, la de la Ilustración, de los derechos humanos y de la democracia, merece una profunda reflexión

El Mediterráneo se está convirtiendo desde hace años en un auténtico cementerio, como también el Atlántico frente a las costas de Canarias. Javier de Lucas en el libro Mediterráneo: el naufragio de Europa nos amonestó y escupió a la cara de los europeos: «Ya en octubre del 2013, tras el primer gran naufragio con 300 víctimas en Lampedusa, la alcaldesa Giusi Nicolini, harta de entierros sin nombre y de lamentaciones vanas, preguntó a Bruselas «hasta dónde tenían que ampliar su cementerio sin que la UE se decidiera a actuar». Y, sin embargo, la UE recibió en el 2012 el Premio Nobel de la Paz. Para Bifo en su libro de 2017, Trabajo cero en Europa: un mundo de sensaciones, el sistemático rechazo de los inmigrantes en las fronteras de Europa no es solo una manifestación de brutalidad, sino el síntoma de una UE devenida en una fortaleza racista. Crece una ola de nacionalismo y de odio en la población europea. El archipiélago de la infamia se expande en torno al Mediterráneo: los europeos construyen campos de concentración en sus territorios y les pagan a sus gauleiters (NdR: los jefes de zona del partido nazi) en Turquía, Libia y Egipto para que hagan el trabajo sucio en las orillas del Mediterráneo donde el agua salada ha reemplazado al gas ZyklonB de los hornos.

Las políticas de la UE sobre los refugiados e inmigrantes (de carácter económico) las resume perfectamente Virginia Rodríguez de Fundación por Causa: “Privatización de las fronteras, criminalización del migrante, subcontrata en países vecinos y un mensaje de que la crisis lo justifica todo”.

Existe un gran desconocimiento sobre los refugiados o inmigrantes: quiénes son, su procedencia y las causas de la salida de sus países. Para subsanarlo debemos hacernos la pregunta qué y quiénes son los verdaderos responsables de estas avalanchas humanas. La causa fundamental es la dinámica del capitalismo global y las incontables intervenciones militares del mundo occidental. Para Zizek, el actual desorden es la auténtica realidad del Nuevo Orden Mundial. Abandonados a su suerte, los africanos o los del Próximo Oriente ellos solos no podrán cambiar sus sociedades. Y eso es así, porque nosotros los europeos y norteamericanos se lo impedimos. Fue la intervención militar en Libia la que provocó el caos en el país. Al respecto, resultaron proféticas las palabras del coronel Gadafi poco antes de su muerte: “Ahora escuchad, gentes de la OTAN. Estáis bombardeando un muro que ha impedido la emigración africana a Europa y la entrada de los terroristas de Al-Qaeda. Ese muro era Libia, y lo estáis rompiendo. Sois idiotas, y arderéis en infierno por los miles de emigrantes que se irán de África.” Fue el ataque de USA a Irak lo que generó las condiciones para la aparición de ISIS.

Casi todos los refugiados o inmigrantes proceden de estados fracasados, donde la autoridad pública es prácticamente inoperante en gran parte del territorio (Siria, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea…). En todos estos casos, la desintegración estatal, es el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, consecuencia directa de la intervención occidental, como en Libia e Irak. Este incremento de los estados fracasados no es algo fortuito, sino uno de los mecanismos mediante los cuales las multinacionales de los grandes estados ejercen su colonialismo económico. Esta realidad la explicó Alain Badiou en un seminario del 23 de noviembre de 2015 tras las matanzas de París del mismo mes, que se publicó en el libro Nuestro mal viene de más lejos. Pensar las matanzas del 13 de noviembre y las nuevas formas del fascismo. El imperialismo del siglo XIX, era ejercido directamente por los Estados-nación. Luego llegaron las guerras mundiales, las guerras de liberación nacional apoyadas por el bloque socialista, que desembocaron en la “independencia” entre los años 40 y 60 del siglo XX. Mas, las grandes potencias para defender a sus empresas interesadas en materias primas o fuentes de energía siguieron interviniendo militarmente. En los últimos 40 años, hubo más de 50 intervenciones militares de Francia en África. En la última en Malí en 2013, un periódico serio señaló que había sido un éxito, porque se había logrado “proteger los intereses de Occidente”. Por supuesto, no a los malienses. ¡Qué cinismo! Por ello, si las modalidades cambian, las intervenciones imperiales siguen, conocidos los grandes intereses capitalistas en juego: uranio, petróleo, diamantes, maderas preciosas, oro. Algunos de ellos son básicos en nuestros ordenadores y teléfonos móviles.

Hoy a las grandes potencias, en lugar de mantener Estados bajo su tutela, es preferible destruirlos, dentro del proceso de desestatización del capitalismo mundial. En ciertos territorios llenos de recursos se pueden crear zonas francas, anárquicas, sin Estado, donde las grandes firmas operan sin control. Habrá una semianarquía, bandas armadas, controladas o semicontroladas, donde abundan chicos drogados, pero los negocios pueden hacerse, incluso mejor que antes, al ser más fácil el negociar con estas bandas armadas que con Estados constituidos, que pueden preferir otros clientes. A estas nuevas prácticas imperiales, a saber, destruir a los Estados en lugar de corromperlos o sustituirlos, Badiou propuso el término “zonificación”.

Privatización de las fronteras, criminalización del migrante, subcontrata en países vecinos y un mensaje de que la crisis lo justifica todo

Otra causa, según Josep Fontana, tiene que ver con la desaparición de las explotaciones agrícolas familiares, ya que sus gobiernos venden las tierras de labor y el agua necesaria para cultivarlas a fondos de inversión y a grandes empresas del agro business. La compra de tierras a gran escala (landgrabing), que desplazan a los campesinos que las trabajan para entregarlas a grandes empresas, se ha multiplicado en las últimas décadas, dejando un rastro de miseria. El International Consortium of Investigative Jornalisme publicó en el 2015 los datos sobre documentos del Banco Mundial (BM), que revelaban que en la década anterior una serie de proyectos financiados por el BM habían contribuido a expulsar de sus tierras a 3,4 millones de campesinos, y que el mismo banco había financiado a compañías acusadas de violaciones de los derechos humanos. Estas operaciones de landgrabing se multiplicaron en el África subsahariana entre el 2000 y la actualidad. 

Hay que sumar el cambio climático que está desertizando cada vez más territorios. Y las guerras cruentas e interminables, con las que África está inundada. Como las de Malí, República Centroafricana, Nigeria, Níger, Sudán del Sur, Libia, Siria, Ucrania etc. ¿De dónde procede el armamento de estas guerras? Y todo ello, con una población que supera los 1.200 millones, de los que más de la mitad con menos de 20 años, y unos 400 millones en la pobreza. La consecuencia: una masa de millones de campesinos desarraigados y amontonados en los suburbios de las ciudades o en los campos de refugiados. Abandonados a su suerte, los africanos, ellos solos no podrán cambiar sus sociedades. Si se aplicasen en África políticas que favorecieran la aparición de sociedades más prósperas e igualitarias, no tendrían necesidad de irse.

Una atención adecuada por las instituciones de la UE a los refugiados e inmigrantes no sólo es exigible por razones humanitarias, sino también por la legislación, tanto internacional como nacional. Y señalaba que un porcentaje importante de los llegados son refugiados, tal como lo especifica la Declaración de Cartagena de 1984 “refugiados son las personas que han huido de sus países porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público”. También llegan inmigrantes económicos.

La Historia nos proporciona jugosas lecciones. Frente a la desvergüenza de los actuales dirigentes de la UE, el presidente de la República de México, Lázaro Cárdenas transmitió en un telegrama de 23 de junio de 1940 a su embajador en Francia, Luis I. Rodríguez: “Con carácter urgente manifieste usted al Gobierno francés que México está dispuesto a acoger a todos los refugiados españoles residentes en Francia”. 

Explicadas están las causas fundamentales de esta avalancha importante de refugiados e inmigrantes foráneos a nuestras costas. Ahora me fijaré, cómo acogemos a los recién llegados.

Monstserrat Galceran señala en su libro La bárbara Europa. Una mirada desde el postcolonialismo y la descolonialidad, a muchos europeos nos “preocupa” la conflictividad internacional, pero mucho más la presencia en nuestras ciudades de mucha población foránea. En cierta manera, como efecto de la propia colonización europea, nuestras ciudades se han hecho globales, es decir, habitadas por poblaciones originarias de todos los rincones del mundo, a los que en siglos pasados los europeos emigramos y explotamos a conciencia. A esa Europa prepotente, con no pocas dosis de racismo y xenofobia, le cuesta mucho esfuerzo digerir que los llegados de nuestras antiguas colonias quieran tener los mismos derechos y las mismas prestaciones de nuestro Estado de bienestar.

El incremento de los estados fracasados no es algo fortuito, sino uno de los mecanismos con el que las multinacionales de los grandes estados ejercen su colonialismo económico

Europa por esa llegada de inmigrantes y también refugiados se conmueve, se agita por la necesidad de sus habitantes de reafirmar sus identidades. Continuamente se plantean preguntas sobre qué es ser europeo, francés, español, o finlandés. No hay respuesta a tales preguntas. No se ha elaborado una lista, totalmente imposible, para caracterizar tales identidades. Al ser un sentimiento, es algo inefable. No obstante, algunos en esa búsqueda desesperada de identidad recurren al discurso ficticio de una pacífica y civilizada Europa. ¿Pacífica y civilizada Europa? La respuesta está hoy en el Mediterráneo, que es un auténtico cementerio, como antes he comentado. Y a quienes tratan de evitarlo los persigue nuestra justicia europea.

Patxi Lanceros en su libro, El robo del futuro. Fronteras-Miedos-Crisis, nos dice que la llegada de los inmigrantes-agrupados en colectivos por etnia, lengua, religión, costumbres-, propicia el surgimiento de movimientos, no solo políticos, que demandan credenciales de autenticidad, basados en rasgos que constituirían lo propio frente a la invasión de lo ajeno. Hay muchas formaciones de este perfil y algunas pueden ser clasificadas de fascistas. En España tenemos un claro ejemplo. VOX ha hecho de su xenofobia y racismo hacia los inmigrantes uno de los puntos fundamentales para captar votos. Esta deriva es muy peligrosa, y para hacer frente a ella hace falta una gran política, una política de verdad, basada no en la inmediatez ni en el cortoplacismo de unas próximas elecciones; ni tampoco en esa obsesiva pregunta: ¿qué somos? Pregunta que sirve para incendiar las relaciones sociales y culturales, para trazar líneas de fractura y de discriminación, con la subsiguiente violencia y criminalización. Porque es claro que cuando se apunta hacia lo propio, en general se dispara contra lo ajeno. La respuesta a la pregunta identitaria, suele derivar en un conjunto de descalificaciones dirigidas al inmigrante. Lo que propicia temores, fácilmente transformados en odios. Situación perversa que se extiende impunemente en la agenda europea, sin que le importe ni mucho ni poco a su ciudadanía.

Asusta el modo en el que se mueve el debate sobre la inmigración: un modo en el que predominan, casi en exclusividad, los aspectos económicos y jurídicos, prescindiendo de todos los demás. Últimamente ha surgido el de la seguridad. Lo único importante son las cifras, los números. De acuerdo con las políticas europeas, los inmigrantes no cuentan, se cuentan. Se cuentan en los institutos, en los ambulatorios, los servicios sociales, se hacen estadísticas de su actividad legal o ilegal, se discute sobre el número de irregulares o de la cuota de refugiados. Muchos, demasiados, excesivos: es el único lenguaje usado cuando hablamos de inmigración. Sin embargo, no se cuentan cuántos cotizan como trabajadores a la Seguridad Social o las sudamericanas o rumanas que cuidan a nuestros ancianos. Un estudio de La Caixa de 2011 -cuando el porcentaje de inmigrantes ya superaba el 10%- reveló que aportan más de lo que reciben. “Los argumentos de sobreutilización y abuso del sistema de protección social por ellos están injustificados. Reciben menos del Estado de lo que aportan a la Hacienda pública”, Proporcionan a las cuentas públicas “dos o tres veces más de lo que cuestan”. según los autores del estudio, Francisco Javier Moreno, del Instituto de Políticas Públicas del CSIC, y María Bruquetas, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Ámsterdam. Y ahora mismo. La Seguridad Social registró 2.500.677 afiliados extranjeros en diciembre de 2022, 12,3% del total de afiliados a la S.S, que con sus cotizaciones contribuyen al mantenimiento de las pensiones, incluidas las de muchos pensionistas votantes de VOX. El 83,3% están en el Régimen General y suman 2.050.132. Por su parte, del Régimen de Autónomos son 406.313.

Y es esta política numérica, la que inspira otras. Por ejemplo, una política sobre o para la inmigración; pero, no una política de, desde y para los inmigrantes. No obstante, si somos tan civilizados, tendremos que considerar alguna vez a los inmigrantes, como personas, como sujetos políticos con derechos.

Igualmente tendríamos que librarnos de otra secuela de la obsesión numérica: la consideración de los inmigrantes en términos exclusivamente económicos, de utilidad; de su valor de uso. Parece que la única justificación de su permanencia entre nosotros es ese valor de uso: al realizar trabajos rechazados por los autóctonos o sus contribuciones fiscales. Nadie cuestiona que se puede hablar de su utilidad. Lo que se cuestiona es que el lenguaje sea exclusivamente el de su utilidad. Y no, el lenguaje de la dignidad, que supone considerar, como señaló Kant, que en cualquier situación es moralmente obligatorio tratar a toda persona, inmigrante o no, como fin en sí mismo y nunca como medio.

La respuesta a la pregunta identitaria, suele derivar en un conjunto de descalificaciones dirigidas al inmigrante. Lo que propicia temores, fácilmente transformados en odios

En Europa hablamos de la conveniencia del diálogo entre diferentes. E incluso se elogia la diferencia. Pero, de improviso, el diferente llega y no se sabe qué hacer con él. Mas, con demasiada frecuencia se sabe qué hacer contra él. Establecemos una normativa legal, que (i)legaliza su presencia. Tendríamos que hacernos la pregunta: ¿Se puede, se debe, incluir en el código del derecho, la inmigración, la diferencia? ¿O se ha de buscar otra inclusión sin reclusión, sin exclusión: el lenguaje de la hospitalidad? Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Lenguaje de la hospitalidad, que se practicó y teorizó, a lo largo de la historia y en muchas culturas, especialmente en las bañadas por el Mediterráneo. Repito el Mediterráneo conscientemente. Por ejemplo, en la cultura griega arcaica, donde la hospitalidad estaba institucionalizada. Una institución que daba prestigio y reconocimiento público, a quien la practicaba; y desprestigio a quien hacía caso omiso de ella. En Europa, el único código de referencia para tratar con el otro, es el legal, el artefacto del derecho, que se pliega a determinas exigencias que no tienen nada que ver con la justicia y la dignidad. Leyes que se cambian según las necesidades, como, por ejemplo, una crisis económica, prolonga o difiere una restricción. La hospitalidad es otra cosa. Porque quizá haya una justicia que ignore la ley; como hay una ley que nada sabe de justicia.

Para Michael Walzer, la hipocresía es el grado mínimo de moralidad. Ahí, en ese casi subsuelo de la moral, está instalada la política inmigratoria europea. En las fronteras, Europa despliega una tanatopolítica, en la que la muerte del otro intentando llegar a la Tierra Prometida es justificable, pues la culpa no es nuestra. En las fronteras abiertas al comercio de bienes y armas, mueren las personas. La Europa barrera sigue su imperturbable carrera hacia un futuro de iniquidad.

Según Monstserrat Galceran, frente al espantajo neofascista lo que necesitamos entre diferentes es tender puentes y no levantar muros, denunciando los discursos que con la excusa de protegernos nos hacen cada día más vulnerables. Cuanto más duren las guerras en Oriente Medio, cuanto más destruyamos los Estados en África, más peligro hay de que algunos de los escapados de esos auténticos infiernos reboten contra nosotros, los pacíficos habitantes de las urbes europeas. Los neofascistas no nos protegerán de este peligro: al contrario, como sus antecesores, los fascistas de los años 30, nos pueden arrastrar a un auténtico desastre colectivo.

Quiero terminar con un texto de Eduardo Galeano titulado, Los emigrantes, ahora

Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan huyendo del frío, año tras año, y nadan las ballenas en busca de otra mar y los salmones y las truchas en busca de su río. Ellos viajan miles de leguas, por los libres caminos del aire y del agua. 

No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano.

En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.

Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente.

Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los suelos arrasados.

Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo la tierra en el otro mundo adonde querían llegar.

Sebastiao Salgado los ha fotografiado, en cuarenta países, durante varios años. De su largo trabajo, quedan trescientas imágenes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo.

Suma solamente un segundo toda la luz que ha entrado en la cámara, a lo largo de tantas fotografías: apenas una guiñada en los ojos del sol, no más que un instantito en la memoria del tiempo.

La pobreza. Las estadísticas dicen que son muchos los pobres del mundo, pero los pobres del mundo son muchos más que los muchos que parecen que son.

La joven investigadora Catalina Álvarez Insúa ha señalado un criterio útil para corregir los cálculos:

– Pobres son los que tienen la puerta cerrada- dijo

Cuando formuló su definición, ella tenía tres años de edad. La mejor edad para asomarse al mundo, y ver. 

La historia que no pudo ser Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.

A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.

Pedro Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar a Chile, porque no llevaba certificados policiales de buena conducta.

Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

 

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