Zona arqueologica de la Ciudad de Mexico – El Templo Mayor III

Como muchos templos dedicados a Ehécatl, dios del viento, es considerada una de las formas de la Serpiente emplumada Quetzalcóatl. Tiene una estructura circular orientada hacia el templo mayor con altura de 32 metros que data de 1486-1502.

La planta de su plataforma consiste en un círculo que tiene adosado al frente un rectángulo, mientras que la planta del propio templo era circular con

Esculturas almacenadas que estaban en posición de «vigilancia», Zona Arqueológica del Templo Mayor.

alrededor de 14 metros de diámetro y cerrado con un techo cónico coronada con almenas.

Se situaba en una posición privilegiada, al frente del Templo Mayor. Algunas fuentes consideran que, al igual que la pirámide de Chichén Itzá en la que durante el equinoccio se iluminaba una de las serpientes, quizá también se produjese algún juego de luz, puesto que el Templo de Ehécatl miraba de frente al Este, al levante, al elevarse el Sol la luz pasaría entre los dos adoratorios del Templo Mayor. Su plataforma contenía una única escalera.

Su entrada tenía la forma de fauces de serpientes y otros elementos decorativos, como grandes ollas. Ehécatl “es una deidad del viento, cuya función era provocar corrientes de aire para ayudar a los dioses de la lluvia, Tláloc y Tlaloques”.

Después de la rendición de Cuauhtémoc, en agosto de 1521 y ante la importancia cultural y económica que representaba México -Tenochtitlan, Hernán Cortés decidió establecer la urbe mexica como la nueva capital de la conocida Nueva España. Con la consecuente destrucción de las edificaciones aztecas para abrir paso al establecimiento de los templos y palacios de los conquistadores, la destrucción del Templo Mayor, centro de la cosmovisión del pueblo mexica, fue un paso clave en la conquista ideológica y espiritual que siguió y acompañó la conquista militar.

De acuerdo con las crónicas de la conquista, desde su llegada Cortés y sus soldados intentaron persuadir a los nativos en favor al cristianismo, reclamando además los templos en donde veneraban a sus dioses, de ahí el énfasis en edificar iglesias sobre los templos destruidos.

De esta manera, el plan urbanístico español comenzó progresivamente a sustituir los rastros de la antigua capital mexica.​ Hernán Cortés ordenó utilizar sus materiales para construir en su lugar otra ciudad, ya que además debía acabar con los cultos ajenos a la religión católica.

Durante la época hispana fueron descubiertos muchos vestigios prehispánicos. Desde 1790 se tiene el hallazgo de Coatlicue, y al poco tiempo fue el descubrimiento de la Piedra del Sol.

En 1914 se descubrió parte de la esquina suroeste de la Etapa III, siendo confirmada la ubicación del principal recinto ceremonial mexica. Ciertas características del edificio se asocian con el mito azteca sobre el nacimiento de su dios Huitzilopochtli en el cerro Coatepec, del náhuatl: Montaña de las serpientes. En este mito, el embarazo “milagroso” de la diosa madre Coatlicue enfurece a su hija Coyolxauhqui y a sus cuatrocientos hijos, los Centzon Huitznahua. Cuando deciden matar a su madre, ella parirá en la misma cumbre de Coatepec a Huitzilopochtli que desmiembra a su hermana y arroja los pedazos por la montaña.

Luego persigue a sus hermanos y les extermina. El adoratorio de Huitzilopochtli en la cima del Templo Mayor simbolizaría Coatepec. Así se entiende la presencia al pie de la escalera que llevaba a la cumbre la famosa escultura que representa a Coyolxauhqui desmembrada. Cuando una víctima era sacrificada en la cima del templo, su cuerpo era arrojado escaleras abajo, como una repetición simbólica del mito.

Además, el Templo Mayor calmaría la sed de legitimidad del pueblo azteca: ciertos autores consideran que esta tribu recién llegada al escenario del valle de México sufría una especie de «complejo de inferioridad» por su inferior desarrollo cultural respecto a las civilizaciones conquistadas y por ello deseaban aparecer como sucesores de las grandes civilizaciones mesoamericanas, cuyas ruinas todavía se encontraban bajo sus pies, como las de Teotihuacán y las de los toltecas; para ello por ejemplo enterraron bajo el Templo Mayor máscaras que extrajeron de las ruinas de Teotihuacán y también imitaron detalles arquitectónicos como el perfil talud-tablero de Teotihuacán o los Chac Mool de Tula.

A la izquierda, los dos adoratorios con sus dioses representados, y a la derecha simbólicamente de acuerdo a una visión ya occidental el Tzompantli, altar recubierto de calaveras humanas, de acuerdo al Códice Tovar, siglo xvi. El Tzompantli, altar recubierto de calaveras humanas en el Museo del Templo Mayor.

En su cima, el Templo Mayor tenía una pirámide doble, con doble escalera y dos santuarios. Esta forma de arquitectura, permitía a los aztecas asociar a su dios Huitzilopochtli, con una divinidad principal del panteón mesoamericano, el dios de la lluvia, Tláloc.

Los arqueólogos ven la expresión sacralizada de dos funciones económicas: Huitzilopochtli dirige la guerra que permite obtener tributo de los vencidos, mientras que Tláloc dirige las actividades agrícolas. También se puede ver la asociación del Norte árido representado por Huitzilopochtli y origen de la tribu azteca y el Este húmedo y acuático representado por Tláloc.

El Templo Mayor era el lugar donde el sacrificio humano consistía en la extirpación del corazón. El mito azteca del Quinto Sol explica esta práctica, el universo es inestable porque depende de la continuidad del movimiento del sol y sería destruido si este se para, por ello continuamente los hombres deben imitar a los dioses que se sacrificaron en Teotihuacán para que el sol se pusiese en movimiento.

Aunque el sacrificio humano siempre existió en Mesoamérica, tomó un carácter muy crudo en los aztecas. Según las crónicas, en 1487 entre 3000 y 84 000 personas fueron sacrificadas durante los cuatro días que duró la re consagración del Templo Mayor en el reinado de Ahuízotl, aunque estas cifras parecen difíciles por la dificultad técnica de matar tantas personas en tan poco tiempo.

Una de las teorías más difundidas para explicar esta hecatombe es el giro ideológico que se efectuó durante una gigantesca hambruna hacia 1450. Se atribuye a Tlacaélel la idea de que se debió a la cólera de los dioses porque no se les abastecía suficientemente de sangre humana, que los aztecas designaban con una metáfora: «Chalchiuatl», ‘agua preciosa’.

Para poder asegurar este aprovisionamiento de víctimas, inventaron la institución de las «guerras floridas», una forma de guerra ritual donde en vez de matar se procuraba capturar a los guerreros enemigos para sacrificarlos.

Otra teoría plantea que el sacrificio humano se imprimió en la cultura Azteca, porque este pueblo tenía un profundo miedo a que el quinto sol en verdad dejara de existir, ya que había quedado impresa en su memoria cosmogónica, la experiencia de la desaparición del anterior ciclo de culturas, representado en la extinción de los cuatro soles anteriores.

Por ello, cada sacrificio humano constituía en realidad un sacro-oficio voluntario; un acto mágico prolongador de la vida humana en la tierra, el tlalticpac.

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